Muy lejos me quedan aquellos años de cena y amigos en torno a una hoguera, a la de San Juan, en la pequeña localidad de San Feliu de Saserra donde mi hermano Manolo ejercía de médico. Vagos recuerdos para una ajetreada noche de intensos preparativos.
Mi noche de San Juan en los últimos veinte años se localiza en el Santuario de Nuestra Señora de Cillas, a cuatro kilómetros de Huesca, donde la noche de cada 23 de junio se celebra el nacimiento de San Juan Bautista. Tras la eucaristía y en procesión, se bendicen las aguas del manantial próximo para que las gentes que hasta aquí acudimos, las bebamos, hagamos acopio de ellas en botellas y garrafas e incluso, nos duchemos en el más literal sentido del verbo.
Ayer acudí con Gloria para poner un punto y seguido con la tradición. Fue un calco a todas las anteriores. No es una noche mágica ni misteriosa. Es una noche de tomar la fresca en un entrañable lugar. Conversar con viejos conocidos y comprobar, felizmente, que todo va bien. Es una noche especial, muy especial. Sencilla, fugaz y austera, como nuestros días.