CÁLIDO Y COLORISTA
Este año el huerto me ha obsequiado con un buen número de pimientos morrones y además de buen tamaño. Se conoce que debía tocar así. El caso es que los pimientos, una vez asados, que no han sido embotados, los hemos ido disfrutando en casa de todas las maneras que por tradición hemos recordado.
En esta ocasión, los pimientos no están asados, sino fritos. Mi madre, que también era una forofa de los pimientos morrones asados, aquellos que no ofrecían un aspecto más que saludable, los descartaba, que no tiraba, y en lugar de asarlos, los cortaba a trocitos para a continuación freírlos. Habitualmente, los pimientos los cocinaba como acompañamiento. Pero si quería que fuesen protagonistas de alguna comida, como primer plato, los acompañaba con unos huevos cocidos. Creo que de su afición por los pimientos, viene también la mía.
El plato no puede ser más sencillo. Se trata de freír los pimientos en trocitos pequeños y acompañarlos con unos huevos cocidos. Sazonar simplemente con sal y verter por encima un chorrito de aceite de oliva virgen extra.
Hacía muchos, muchos años que no comía este plato, pero delante de él, ha sido como si no hubiese pasado el tiempo. Y es que hay sabores difíciles de olvidar, al igual que los buenos momentos. Este es uno de ellos.
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