SANO Y REFRESCANTE
Este verano fue tal la cosecha de pepinos que me regaló el
huerto, que ya no sabía qué hacer con ellos. Cada día cenaba un ejemplar. Mi
entorno más cercano y amigos también dieron buena cuenta de ellos. Pero con
todo, siempre había en el frigorífico más de media docena de pepinos. Y eso que
es una hortaliza que me encanta, pero como todo en esta vida, en su justa medida.
En realidad, la buena cosecha fue de pepinillos que, lejos
de embotarlos, los dejo crecer hasta conseguir unos llamativos frutos. De
hecho, desde que descubrí los pepinillos, su primo hermano el pepino, para mí
ha pasado a ser anecdótico. El pepinillo se me antoja más suave, tierno y nunca
resulta amargo. El caso es que, entre unos y otros, el verano se me pasó entre
ellos.
Al margen del socorrido y siempre bien recibido pepino con
vinagre, aceite y sal, su salida a la mesa se produjo de maneras bien distintas
entre ensaladas y alguna que otra curiosa receta extraída de mis libros de cocina.
Con todo, no dábamos abasto. Su presencia era inagotable.
Ingredientes: 1 pepino, 1 limón, 2 vasos de agua muy fría y
unas hojas de hierbabuena. Opcional, un par de cucharadas de azúcar moreno o un
par de cucharadas de miel.
Elaboración: Pelar el pepino, cortar en pequeños trozos e
introducirlos en la licuadora. Añadir el zumo de un limón, las hojas de hierbabuena
y el agua, además del azúcar o la miel, si así se desea. Beber bien frío.
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