Cuando mi mente necesita pensar atenta, detenida y profundamente, acostumbra hacerlo junto a un árbol. No acabo de situar en el tiempo el origen de esta costumbre. Creo que fue un amigo quien me lo recomendó, pero tampoco lo tengo muy claro. El caso es que cuando mi mente ya no puede más, se alía con un árbol para reflexionar. Parece sentirse más segura, más centrada en su cometido.
En el día a día, son varios los árboles que tengo apalabrados y cuando estoy fuera de casa, enseguida me alío con alguno por si acude la necesidad. Acostumbran a ser árboles en soledad, como yo, como mi mente cuando requiere estar sola. No habla con los árboles, todavía no ha llegado a esa fase, con sentirlos cerca le es más que suficiente. Observo que está más tranquila y que sus mudas palabras parecen más ordenadas. No busco respuesta a su costumbre. Verla serena me complace y también me trae serenidad y complacencia. Por eso, siempre me gusta tener un árbol cerca para reflexionar.

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