viernes, 21 de julio de 2017

00521 Hasta el Año que Viene

CON LA ESPERANZA DE UN NUEVO ENCUENTRO


No me gustan las despedidas. Ni siquiera las de las películas. Prefiero los encuentros con abrazos de aire nuevo y renovado.

No sabía cómo comenzar esta entrada antes de archivar otra colección de imágenes de cerezas. No sé cuántas tengo ya y si serán estas las últimas que guarde. Nunca se sabe qué puede pasar de aquí a un año. De aquí a que vuelvan a florecer los cerezos, como  nieve florida, y traigan el diminuto fruto de sabor a campo y crujiente miniatura. Me pasa igual que con el "cambio de armario". Siempre me pregunto si será el último y me despido de las prendas que guardo como si nunca más las volviera a sentir en mi  piel.

Observo las imágenes, tan parecidas año tras año, pero tan distintas en sensaciones y emociones. Estas de las que ahora me despido,  guardan todavía el sabor de una mañana fraterna entre risas y calores al pie de la sierra. Cogidas entre asombros y deseos, y entre cargados cerezos que pedían alivio para tanto peso. Rojo intenso, morena piel de cereza, racimos de néctar que dejaron gratitud en el abrazado encuentro de un nuevo instante esperado.

Me despido de vosotras, pequeñas encarnadas, hasta el año que viene, con la esperanza de un nuevo encuentro, de un nuevo asombro, siempre querido y deseado.

miércoles, 19 de julio de 2017

00520 El Arroz con Leche

POR LO QUE REPRESENTA


Como diría mi suegra: "A ver si nos entendemos". Decir y elevar a la categoría de "me gusta" este tradicional postre, sería faltar a la verdad. Ni me gusta ni me disgusta, si bien es cierto que hubo una época en mi juventud que lo llegué a detestar. Al que le encanta es a mi hermano Manolo. Ya he comentado en alguna ocasión que mi madre, como todas las madres con hijos en la diáspora, cuando alguno de mis hermanos venía a pasar un fin de semana a casa o periodo vacacional, elaboraba los platos que a cada cual más le gustaba, con la intención de satisfacer sus respectivas apetencias gastronómicas.

En el caso de mi hermano Manolo era el arroz con leche. El simple anuncio de su visita significaba una gran fuente de este postre que mi madre elaboraba pacientemente. Si mi hermano acababa durante su estancia la "gran fuente", fenomenal. Pero como esto no sucediera, ¿quién sería el prenda que la finiquitaría, a sabiendas que no acostumbraba a tomar postre y que el arroz con leche ni fú ni fá? Pues eso, el que suscribe. Huelga recordar que en casa no se tiraba absolutamente nada de comida y que había que comer lo que hubiere sí o también.

Pero la cosa no acaba aquí. Recuerdo que de recién casado,  mi querida suegra, la bondad personificada,   cuando comíamos en su casa me agasajaba con un buen plato de arroz con leche. No sé cómo llegó a la conclusión de que era uno de mis postres favoritos. Un buen día dejó de sacarlo a la mesa. Supongo que alguien, yo no, Dios me libre romper ilusiones, le diría que el arroz con leche y yo no hacíamos buenas migas.

Nunca he hecho arroz con leche. No tengo la menor idea de cómo se hace y si me lo llegan a servir me lo como y punto. De hecho, las dos fotografías que ilustran esta entrada son de mi hermano Antonio,  que un día me las envió por was. Es una práctica habitual informarnos sobre los menús que vamos elaborando. Si sumo este postre a mi caleidoscopio vital, es por lo que representa y por los entrañables recuerdos que me trae su sola imagen.

martes, 18 de julio de 2017

00519 Las Patatas con Langostinos

Y BOTARGA



Seguimos en casa experimentando con la botarga. Abandonamos la pasta para buscar otros cimientos y comprobar cómo funcionan las huevas de mújol. Estos días hace calor y apetecen alimentos refrescantes en los que no haya que invertir excesivo tiempo en la cocina. Gloria propone hacer unas patatas con langostinos. La ensaladilla rusa la borda,  al igual que este tipo de elaboraciones en las que las patatas tienen especial protagonismo. Veremos qué tal les va a las patatas la bendita botarga.

Tanto para este tipo de patatas como para la ensaladilla rusa, creo que ya lo comenté en su momento, nos gusta el tubérculo, una vez pelado y cortado a cuadraditos,  cocerlo al vapor. La patata queda más sabrosa y consistente. Pelamos los langostinos,  que compramos ya cocidos,  y los añadimos a las patatas. Preparamos una mayonesa, mitad aceite de oliva y mitad de girasol, y mezclamos bien con las patatas y los langostinos. Hasta aquí, serían las patatas con langostinos tal y como las comemos en casa habitualmente. El "experimento" estriba en añadir a esta elaboración unos 100 gramos de botarga, mezclar de nuevo, tapar con film el recipiente e introducirlo en el frigorífico por espacio de tres horas.

Delicioso y espectacular. Doble sabor a mar y tan refrescante que no puedes sucumbir a la tentación de volver a repetir. Eso sí, plato único, que permanezca el sabor en boca. La botarga ha vuelto a funcionar. De reojo miro la fuente que todavía contiene el preparado y le dirijo un efusivo pensamiento nocturno.


lunes, 17 de julio de 2017

00518 El Niño Que Llevamos Dentro

LA VIDA DESDE OTRA PERSPECTIVA



No me avergüenza sacar al niño que todavía llevo dentro. Sería como si una parte de mí dejara de vivir. Me gusta que ese niño se siga haciendo preguntas y que continúe soñando sin prejuicios desde la confianza. Hay quien considera que sacar al niño que llevamos dentro es un síntoma de inmadurez. Yo, sin entrar en discusión alguna, ya queda dicho que no me gusta discutir, hago observar que simplemente se trata de dar la oportunidad de apreciar la vida desde una perspectiva más abierta.

Sí, me gusta sacar al niño que todavía llevo dentro y recordar las bondades de esa etapa tan llena de espontaneidad y felicidad que nunca deberíamos olvidar. Creo que en ocasiones hasta se hace de urgente necesidad su llamada y reencuentro para dar un respiro a tan áspera realidad.

Me reafirmo en lo dicho viendo estas imágenes que hace escasas semanas capturé para mi colección. Las tomé de un escaparate del que ni siquiera llegué a interesarme por su mercadería interior. Me llamaron la atención el colorido y la fantasía que en mí despertó un palacio hecho de caramelo. A mí, que no doy un paso por lo dulce y menos por el azúcar de sabores. Pero con todo, algo había que me dejó prendado por unos instantes. Lo que hubiese dado por ver mi cara ante tan simpática y dulce obra de arte. Quiero pensar que fue el niño que llevo dentro quien me dijo, "eh! para, quédate aquí, déjame que pasee por el palacio encantado de luces y azúcar". Y yo, simplemente  le hice caso y le sonreí.

domingo, 16 de julio de 2017

00517 Todo Tiene un Por Qué

Y SI NO LO TIENE...


... lo busco hasta encontrarlo. No creo en el azar ni en las casualidades. No tengo motivos para creer otra cosa. Me lo acaban de ratificar estas tres imágenes sueltas que me han aparecido en una de mis múltiples descargas para liberar espacio. No obedecen a nada en particular. Las capté en uno de mis diarios cien kilómetros. Siempre que pasaba por aquí de regreso a casa, me llamaba la atención la solitaria caseta.

La primera vez que me fijé en ella se mostraba sobre un campo ocre y desnudo. Me pareció de una soledad extrema. Con el paso de los días se convirtió en un referente espacial de mi transitar, hasta tal punto que comencé a saludarla como si se tratara de una vieja conocida. Me sentía bien en nuestro breve encuentro. Apenas unos segundos desde que la divisaba y otos pocos más por el retrovisor. Hasta mañana.

No pasaron muchos días desde aquella primera vez, que la tierra comenzó a verdear. Su aspecto solitario ya no me parecía tan extremo. Serían las espigas del incipiente cereal o que ya me había acostumbrado al paisaje, el caso es que me empezó a parecer una imagen entrañable y serena a la que seguía saludando con el mismo entusiasmo.

Cien, doscientos, trescientos, quinientos, mil, dos mil kilómetros, no sé cuántos llevaba recorridos cuando al campo, a los pies de la caseta, comenzaron a aparecer diseminados pequeños puntos rojos como un sarampión. A no mucho tardar, los ababoles se fueron concentrando en torno a la caseta. En algún momento,  hasta me pareció que querían escribir algo sobre el verde tapiz del soleado campo.

Un día estacioné el coche para ver si era cierto. Se trataba de una ilusión, aunque puede que quisieran decir algo. Aproveché para hacer tres fotografías en recuerdo de nuestros primeros tres meses de encuentros. Me pareció entonces un escueto y humilde paraje bello.

Ahora está como cuando la observé por vez primera, sola ella sobre un campo ocre y desnudo a la espera de un  nuevo ciclo de la vida. Y la sigo saludando como hago desde el primer día. Todo tiene un por qué, como esta caseta  amiga.






jueves, 13 de julio de 2017

00516 Hay Días

TUNEANDO LA REALIDAD


Hay días que nada es lo que parece. Te levantas de la cama  y solo pisar el suelo, antes de mirarte al espejo, esa es la novedad, todo parece indicar que te vas a comer el mundo. Con el paso de las horas, si bajas la guardia, es el mundo el que presto te puede dar el primer bocado.

Hay días en los que la luz te lleva en volandas. Te lleva como un soplo, sin saber dónde podrás acabar. Puede que en el banco de un parque, en lo alto de una higuera, al fondo a la izquierda o tuneando la realidad. Nunca se sabe cuando te dejas llevar.

Hay días en los que al contar las horas aparecen rosarios. Nada que alentar, poco que decir, nada que guardar. Pero siempre hay un de repente, un instante, un momento inesperado que alberga la esperanza para un día que parecía perdido. La luz, esa luz que hoy no me ha querido llevar, en su despedida, me ha dejado una imagen de fuego atardecido sobre un edificio ausente. Las ramas de un árbol de desnudo otoñal parecían crepitar sobre el tejado mientras el sol daba un paso al frente.

Tranquilo no pasa nada, sólo es un juego en uno de esos días en lo que nada es lo que parece.

miércoles, 12 de julio de 2017

00515 El Centollo

AL LADO DEL MAR


Nada, que no hay manera. Siempre digo lo mismo. La última vez que lo intento. Como en esta ocasión no salga bien, me retiro. Sigo los pasos que aprendí de mi hermano Antonio cuando lo preparaba y que sabía a Gloria bendita. Me da igual que sea centollo o centolla, como esta última que era hembra, no hay forma de sacarle el infinito sabor a ola y mar con el que tanto he llegado a disfrutar en Bilbao.

En esta ocasión he comprado la centolla ya cocida. Su precio estaba a tiro. He arrancado las patas, abierto el caparazón y retirado las apetitosas huevas. A continuación, me he armado de paciencia y he separado a conciencia la carne. He picado muy menudo un par de huevos duros y una deliciosa cebolla de Fuentes. Lo he mezclado todo y he añadido un chorrito de vino de Jerez. He mezclado bien y la he probado para comprobar cómo estaba de sal. De esto iba servida, pero del sabor de tan grato recuero, andaba algo escasa.

La he sacado a la mesa y no ha quedado ni rastro. Se ha dejado comer, pero sin más. Ni aproximación a mis vitoreadas centollas bilbaínas. Supongo que habrá varios factores determinantes. Para empezar, el producto. Vaya usted a saber qué aguas habrá frecuentado la amiga y cuánto tiempo llevaba cocida. Y fundamental, no es lo mismo tomarte una centolla mirando a la ría bilbaína que el parque de debajo de casa. 

De cualquier manera, me gusta este marisco aunque sea ayudado del recuerdo cuando lo preparo en casa.