miércoles, 2 de diciembre de 2020

00933 El Yogur Con Membrillo

 PEQUEÑA GRAN DELICIA


En algún otro momento de este caleidoscopio vital ya he comentado que una de mis cenas favoritas es el membrillo con queso. Sin más complicaciones y a disfrutar del sabroso momento. Para esta combinación apuesto por el queso fresco o un manchego semi curado. Manías. En cuanto a la carne de membrillo, la que para el otoño elaboramos en casa y que nunca sale igual,  pero que siempre me parece deliciosa. De momento y después de bastantes años preparándola, todavía no hemos tirado una a la basura.

Cuando digo que la carne de membrillo que elaboramos en casa nunca nos sale igual, me refiero sobre todo a su textura. Desconozco el motivo, pero tan pronto conseguimos una carne dura de cortar, como a mí me gusta, como blanda para untar, que a decir verdad, tampoco me disgusta y que aprendí a valorar en su justa medida hace algunos años ya, tras probar en tierras cántabras un exquisito e inolvidable yogur con membrillo. Así que cuando esto sucede, que después de vueltas y vueltas al membrillo en el fuego, casi hasta la desesperación, sin conseguir la textura apetecible y deseada, lejos de despreciar su resultado, envasamos el dulce membrillo como si tal cosa a la espera de que llegue a casa un buen y cremoso yogur natural artesano.

La pequeña gran delicia está servida.






jueves, 26 de noviembre de 2020

00932 La Torteta a la Brasa

SUMO DELEITE 

 

La sangre hecha alimento regresa con toda su humildad a este escaparate de sensaciones cotidianas y que no es otra cosa que la torteta. Su solo nombre me evoca tiempos pretéritos de reunión familiar en torno al cerdo en los días de su matacía. La memoria comienza a ser ya frágil, pero todavía es capaz de retener imágenes, escenas, sabores y olores enmarcados en el corral, el patio, la vieja cocina, un caldero y el granero de la casa familiar de mis abuelos maternos en Alcalá de Gurrea.

Para mí, desde mi corta edad, eran días de fiesta sin entender muy bien todo cuanto significaba la matacía en aquella época. Solo veía risas, una familia feliz en torno a un cebado cerdo que servía de excusa para pasar un fin de semana con mi abuela, tíos y primos. Un subir y bajar por las estrechas escaleras que conducían del patio a la cocina y de aquí al granero. ¡Fernandito, lleva esto a tu tía! ¡Fernandito, mira a ver qué quiere la abuela! ¡Mocoso de crío, vete a jugar y no molestes! ¡Ya te avisaremos cuando tu tía empiece a hacer el embutido!, me decían. Me encantaba dar vueltas a la manivela de la capoladora y observar cómo salía la carne embutida del gorrino. Era mi pequeña aportación a esos momentos, aparte de molestar.

Todavía puedo retener en mis retinas la vieja y cuidada cocina en la que la chimenea se convertía en  el centro de atención y reunión. Y sobre el fuego, un trabajado caldero lleno de agua hirviendo donde se iban depositando las aplastadas bolas de sangre aderezada. Conforme salían a la superficie, eran trasladas al granero donde se había dispuesto un enrejado de cañas donde "descansarían" para días venideros las preciadas, sabrosas y singulares tortetas.

Ahora, cada vez que las como, no con la frecuencia que me gustaría, no puedo dejar de recordar aquellos días, al igual que cuando venían mis hermanos a casa, en los que no podía faltar en la compra de "agasajos" las tortetas y morcillas.

La torteta me encanta de cualquier manera. Cruda a bocados, frita, en tradicionales guisos... Pero el disfrute máximo llega cuando tengo la oportunidad de hacerla a la brasa. Me parece lo más, el deleite sumo. Cortada fina y braseada hasta crujir. Y ya en la boca, la complacida explosión de sabores que saludan a los buenos y felices recuerdos.














lunes, 9 de noviembre de 2020

00931 Las Pastas de Bego

 LAS DE LOS CUATRO CIENTOS


Estas sencillas y deliciosas pastas tendrán otro nombre, pero para mi y para este caleidoscopio vital, siempre serán las "pastas de Bego". Fue ella, Bego, una hermana de mi cuñada Ana, quien en una comida familiar las incorporó para endulzarnos a los comensales el café. 

Tras una opípara comida, parecía imposible que pudiera entrar en nuestros saciados estómagos alimento alguno más. Pero no, allí estaban las pequeñas y sabrosas pastas de Bego para llevarnos la contraria. Entre los reunidos, quienes ya las conocían se mostraron recatados, pero el resto, y reconozco que yo a la cabeza, colaboramos a que sobre la mesa no quedara ni una para muestra. Treinta segundos, el tiempo que se tarda en consumir una de las pequeñas y singulares pastas, bastaron para elogiarlas y pedir a Bego la receta de su elaboración. "Es una tontería", manifestó Bego. "No tienen ningún secreto. Son muy sencillas de hacer", continuó.

Empezó diciendo que ni siquiera era necesario apuntar la receta en un papel. Solo había que acordarse de que se trataba de las pastas de los cuatros cientos. Es decir, 100 gramos de mantequilla, otros 100 gramos de azúcar, 100 gramos de almendra molida y 100 gramos de harina. Con estas cantidades se pueden elaborar en torno al medio centenar de pastas.

Mezclamos bien los cuatro ingredientes hasta conseguir una masa homogénea. Formamos un rulo y lo envolvemos en papel film. Introducimos el rulo en el frigorífico por espacio de entre seis u ocho horas, o hasta que observemos que la masa está compacta. Sacamos el rulo del frigorífico, le quitamos el papel film, y lo vamos cortando a ruedas no muy gruesas que depositamos en una bandeja de horno que previamente habremos cubierto con papel sulfurizado. Introducimos la bandeja en el horno a 180 grados por espacio de 20 minutos, las depositamos en una fuente hasta que se enfríen y listas para comer y disfrutar.

En cuanto a los grados y tiempo de horneado tengo que hacer una observación. La primera vez que las cociné siguiendo al pie de la letra la receta, se me chamuscaron un poco. Las pastas pasaron del color dorado al oscuro en un abrir y cerrar de ojos. Se pudieron comer, pero nada que ver con las que probé la primera vez. En la siguiente ocasión, la temperatura del horno la fijé a 150 grados y sin quitarles los ojos de encima. Cuando adquirieron el color característico de las pastas horneadas las saqué del horno. Quiero decir con esto,  que depende del horno admitirán más o menos temperatura. De cualquier manera, sea a 180 o 150 grados, hay que estar atentos a que no se nos pasen de color.

Estas pastas de Bego son muy apropiadas para esos fines de semana del otoño o del invierno en los que la cocina parece llamarnos a voces para que el olor, el sugerente y acogedor olor de la cocina doméstica, lo inunde todo.


















viernes, 6 de noviembre de 2020

00930 Los Tomates Confitados


 DELICIOSO ENTRETENIMIENTO


El huerto nos ha vuelto a obsequiar de manera generosa con tomates de diversas variedades y entre los que no podían faltar los cherry y los llamados de pera. Este año ha sido un auténtico festival. No ha habido día en el que tan delicioso fruto no nos haya acompañado en la mesa.

A tan abundante caudal había que darle su correspondiente y feliz salida. Así que un fin de semana de laborioso despertar. nos dispusimos, siguiendo al pie de la letra las tradicionales enseñanzas, a embotar tomates para disfrutarlos en días venideros. 

Tras varias horas de escaldar tomates en agua, de quitarles la piel, introducirlos en botes con su correspondiente aliño e higienizarlos al baño maría, lo mejor estaba todavía por llegar cuando dimos un paso más en el fascinante mundo de las conservas. Era el momento de elaborar tomates confitados. Otro nivel, otra experiencia para futuros usos gastronómicos. Eso sí, cargados de paciencia y desprovistos de prisas.

Los tomates confitados los conocí hace algunos años, por lo menos de manera consciente, en un hipermercado que dedicó una semana a los sabores de Italia. No recuerdo con exactitud la variedad de "pomodoros" que contenía el bote ni en qué consistía su aliño. Solo sé que resultaron deliciosos acompañando a unos espaguetis. Tal fue la impronta que dejaron aquellos tomates que desde que disponemos de huerto destinamos varios cientos, sobre todo de la variedad cherry, para embotarlos una vez confitados.

Hay un buen número de recetas para preparar tomates confitados. La que acostumbramos a poner en práctica en casa la sacamos de un libro de recetas de cocina italiana y cuyo resultado nos pareció  sobresaliente. A ella acudimos ya sea para confitar tomates cherry como de la variedad de "pera". Su elaboración es muy sencilla y admite sugerencias. Lo único que se necesita es tiempo y paciencia. Vamos a por ello.

En una bandeja de horno colocamos los tomates que previamente habremos lavado. Si se quiere rizar el rizo, podemos escaldarlos, quitarles la piel e incluso despepitarlos antes de introducirlos al horno. A elegir la opción. Una vez ya en la bandeja salpimentamos los tomates y añadimos unos dientes de ajo enteros, con generosidad, así como ramitas de tomillo y un poco de azúcar. Finalizaremos el preparado rociando los tomates con un buen chorro de aceite de oliva. Introducimos la bandeja en el horno a 90 grados centígrados por espacio de tres horas. Transcurrido este tiempo, damos la vuelta a los tomates y los dejamos en el horno dos horas y media más. Una vez confitados, los sacamos del horno, dejamos enfriar y los introducimos en botes que llenaremos de aceite y al que añadiremos los ajos y ramas de tomillo utilizados.

Solo nos quedará disfrutarlos en ensaladas y pastas, así como con carnes y pescados e incluso como aperitivo hasta donde la imaginación y el gusto nos alcance. 



















jueves, 15 de octubre de 2020

00929 Las Cebollitas en Vinagre

 CEBOLLETAS

Con lo que me gustan los encurtidos, mucho han tardado en llegar a este caleidoscopio vital las cebollitas en vinagre. Espero que esta humilde hortaliza no me lo tenga en cuenta.

Me gusta cualquier tipo de encurtido o vinagrillo: pepinillos, pimientos verdes, piparras, tomates verdes... si bien, a las cebollitas en vinagre les tengo un aprecio especial y máxime desde que las cultivo y posteriormente las pongo en conserva en casa. Me resultan deliciosas y me ofrecen grandes momentos en la cocina cuando están ya en su punto de salazón, no exento de impaciencia.

Si bien hay un buen paquete de recetas a cual más curiosa para encurtir las cebollitas, de momento vengo optando por la más sencilla y tradicional y que alguien que sabe de esto me ilustró. A saber. 

Comenzaremos por pelar bien las cebollitas. A continuación, ponemos en el fuego un recipiente con el vinagre y dos cucharaditas de sal. El tipo de vinagre es opcional, según el gusto particular. Hay quien mezcla tres cuartos de litro de vinagre con un cuarto de litro de agua. Cuando rompa a hervir retiramos del fuego y dejamos enfriar. Introducimos las cebollitas en un bote y las cubrimos con el vinagre. Por último, cerramos el bote y lo introducimos en una cazuela llena de agua hirviendo por espacio de veinte minutos para esterilizar la conserva. Solo restará dejar la conserva en algún lugar oscuro donde dejaremos macerar por espacio de un par de meses.

Una vez sazonadas comienza mi particular festín y anda que no me evitan viajes al frigorífico. Son una pequeña delicia que para mí se convierte en grande cuando partidas por la mitad las "pinto" por encima con crema de aceite balsámico de Módena. Solo con escribirlo se me hace la boca agua.













martes, 6 de octubre de 2020

00928 Las Ensaladas Variadas

 COMO LA VIDA MISMA

Hoy, no sé por qué, me he levando un tanto gastronómico filosófico de andar por casa. Cuando me dispongo a preparar una ensalada variada, algo que acostumbro hacer con frecuencia y que me encanta, se me antoja como la vida misma. El resultado final para que sean unas ensaladas más agradables que otras y más sustanciosas, dependerá de los ingredientes que contengan y el aliño adecuado. Así también entiendo que es la vida. El devenir de los días estribará también en la disposición de los ingredientes en forma de actitudes, exigencias, aficiones, relaciones humanas, puntos de vista, sentimientos, comprensión, aceptación y el sinfín de componentes que queramos utilizar.

No hay una ensalada variada universal como tampoco hay un modelo de vida común para todos. Es algo muy personal. Es cuestión de gustos. Hay a quien con unas hojas de lechuga y un tomate partido le resulta más que suficiente para su disfrute. En en lado opuesto se sitúan quienes necesitan que su ensalada, su vida, sea rica en ingredientes y más compleja en su factura. También todo depende del momento. Hay instantes, periodos, en los que uno no quiere complicaciones y apuesta por lo básicamente seguro, frente a otros en los que se buscan nuevos ingredientes, otros riesgos o nuevas experiencias.


 Mientras estas cosas me digo, he preparado una ensalada sencilla y muy acorde al tiempo al que últimamente estoy suscrito bajo el lema "que la vida fluya". Nada premeditada y con ingredientes aleatorios que he visto por el frigorífico: lechuga, palitos de cangrejo y melón. El resultado, colorista, ligera, dulce y atractiva. Vamos, como debería ser la vida.
 


viernes, 2 de octubre de 2020

00927 Ortilla

PLACENTERA VISITA


Mi empeño por conocer todas y cada una de las localidades de la provincia oscense me lleva hoy hasta Ortilla. Como sucede siempre en estos casos, voy provisto de mi cámara fotográfica, mi cuaderno de sensaciones y con los ojos de reconocer y admirar.

No sé cuántas veces habré pasado a su vera sin llegar a detenerme para prestarle la debida atención. Nunca hasta hoy había sido destino, interesante y grato destino, y que gracias al objetivo que un día me marqué, el olvido se convierte ya en recuerdo.

La pequeña localidad, que comparte municipalidad con la vecina población de Lupiñén,  se encuentra a unos veinte kilómetros de la capital oscense, en la vega del río Sotón y próxima al embalse de La Sotonera. 


  


Antes de adentrarme en su casco urbano, mis ojos fijan su atención en una preciosa iglesia que se me antoja como una amable bienvenida. Uno de los bancos apostados a la entrada del edificio invita a sentarme en él y a sacar el teléfono del bolsillo para conocer algo sobre la atractiva y bien conservada construcción. Para ello acudo a la siempre recomendable web de Antonio García Omedes www.romanicoaragones.com. Comienzo a leer: "A pié de carretera se halla su templo parroquial dedicado a San Gil Abad. Su datación original se remonta a finales del XII. Fue diseñada en principio como iglesia de nave única, seguramente rematada en ábside semicircular. En el siglo XVII se sustituyó su cabecera por otra que le confiere planta de cruz latina a base de testero plano y dos capillas laterales con elevación en el transepto de linterna sobre pechinas edificada con ladrillo, todo ello en mampostería salvo los pilares, más cuidados, que sustentan arcos torales y formeros. Al mismo tiempo que se remodelaba la cabecera, se recreció el tempo con una "falsa" corrida circundada con ventanales al estilo de los edificios nobles aragoneses".


                 


La mañana es cálida y el sol parece querer aliarse con mi lectura. Continuo leyendo mientras mis ojos comparten conocimiento con su traslación de lo leído a las centenarias piedras. Me parece fascinante. "La portada del templo se halla a los pies del muro sur en un cuerpo ligeramente adelantado. Se compone de cuatro arquivoltas doveladas alternativamente de arista y bocel enmarcadas al exterior por guardapolvo. Apean mediante imposta corrida en tres pilastras y dos capiteles con sus columnas. Dichos capiteles son de motivos geométricos de estilo ya tardío. Son curiosos los del lado este con su mitad superior -labrada- de mayor diámetro que la inferior como si fuese un segundo ábaco. En el más exterior quedan vestigios de dos deterioradas caritas. La zona interior de la cesta, de menor diámetro, tiene una sencilla decoración geométrica a base de sucesivos círculos secantes"

Por un momento me siento dueño y señor del lugar a falta de paisanaje. En el tiempo que llevo sentado a los pies de la iglesia no he visto alma alguna. No sé la hora que es y tampoco me importa demasiado. Estos pequeños instantes hay que vivirlos y disfrutarlos sin marcajes, ni tan siquiera horarios. "Muchos de los sillares del templo románico, tanto al interior como al exterior, lucen las habituales marcas de cantero, pero hay uno hacia la mitad del muro sur, a la altura de los ojos, que llama mi atención al haber en él una firma en su ángulo inferior izquierdo. Parece leerse 'donamxho'. Es interesante porque acaso pudiera ser una firma de autoría del templo, a pesar de que no se acompaña del habitual 'me fecit'".



Se está bien, estoy bien, pero es momento de proseguir con la visita. Mis pasos se dirigen ahora hacia un gran edificio de aparente abandono y que bien pudiera hablar de días de esplendor. Resulta ser la casa del General Felipe Perena, un destacado militar oscense que tuvo un importante protagonismo en las contiendas bélicas acaecidas por estas tierras entre finales del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX. En la fachada de la señorial casa hay una placa en la que se puede leer: "El Instituto de Estudios Oscense, en homenaje al Excmo, Sr. D. Felipe Perena, Teniente General de los Reales Ejércitos de España, héroe de la Independencia Patria e ilustre hijo de Huesca. 2-11-MCMLIX".

Mi siguiente destino antes de adentrarme en las calles de Ortilla es un curioso muro de sillares de piedra y que según se lee en un panel informativo ubicado a la entrada de la localidad, es un frontón del siglo XVII. Toda una sorpresa.

El trazado urbano de la pequeña localidad es de calles anchas, rectas y limpias. Sus casas presentan buena sillería y algunas muestran piedras armeras en sus fachadas. El silencio acompaña mi pausado caminar. Sigo sin saber qué hora es, pero algo me dice que es el momento de atender mis obligaciones familiares. Me hubiese gustado concluir el recorrido con la visita, por razones obvias, a la ermita de Nuestra Señora de la Garganta. Desde una cruz de término, respirando tranquilidad y con la mirada puesta en el horizonte al pico de Gratal, me comprometo a una próxima y pronta visita para completar el circuito. Me he sentido muy a gusto.