martes, 23 de octubre de 2018

00849 Los Mejillones al Vapor

A PECHO DESCUBIERTO


Seguimos en época de mejillones. Con este molusco se pueden realizar infinidad de elaboraciones de suma sencillez. Pero si hay una a la que se le puede colgar la medalla de oro de la sencillez, es la de los mejillones al vapor. Además, es la forma de hacer que respeta al máximo el sabor del mejillón.

A esta minimalista preparación hay quien le añade limón, granos de pimienta, clavo o laurel, si bien mi propuesta no lleva absolutamente nada; el mejillón a pecho descubierto y sin disimulos de sabor. La sencillez no está reñida con el sabor y en este mucho menos.

Una vez limpios los mejillones y eliminadas las barbas que presentan, los depositamos en una vaporera de cocina a la que habremos vertido un dedo de agua. Sé de quien incluso no pone ni una gota de agua y solo se sirve de la que van desprendiendo los propios moluscos. Tapamos la vaporera y llevamos a ebullición. Una vez que rompa el agua a hervir, dejamos que se cocinen los mejillones por espacio de unos diez minutos y retiramos del fuego. Liberamos la carne de sus caparazones, descartando aquellos moluscos que no se han abierto al vapor, y colocamos los mejillones en la fuente para sacar a la mesa.

Hay que aprovechar estos meses en los que los mejillones llegan a las pescaderías y supermercados con un más que notable aspecto y pletóricos de sabor.


00848 El Ficus de Gantel

ABSTRACCIÓN Y ENCANTO


Hace tiempo que no traigo plantas a este caleidoscopio vital. He estado entretenido en otros menesteres.y cuantas plantas y flores hay en mi entorno, ya he aireado por aquí mi gusto por ellas. Tengo alguna que otra planta fotografiada a la espera de sumarse a estas diez mil cosas, pero no doy con su nombre botánico, ni con su apodo popular y ni siquiera tengo historia que contar al respecto. Solo sé de ellas que me gustan y poco más.

Algo parecido me sucedía con la planta que hoy muestro. A la vista está que se trata de un ficus, pero de este género de plantas ya hablé en algún momento. En concreto, en algún instante de mis días en el Pasaje "El Mirador", en Sariñena, donde se encontraba mi recordada por siempre Radio Sariñena. Allí, en la primera planta del pasaje comercial,  espectaculares ficus benjamina convivían, conviven,  con unas no menos espectaculares y hermosas buganvillas, bajo el cuidado y atenta supervisión de mi entrañable Juan.

Hoy, revisando fotografías, me he reencontrado con este ficus y me he propuesto no dejarlo de la mano hasta encontrar su apellido, que no es otro, si mi enciclopedia de flores y plantas no me engaña, que el de Gantel. El ficus está estrechamente relacionado a la ornamentación interior por su espectacularidad de crecimiento y fácil cuidado. Se trata de una planta muy agradecida. En el caso del ficus de Gantel, para mi gusto, tiene un valor añadido de elegancia y vistosidad, gracias a sus hojas que parecen pintarse día a día. Se me antojan como cuadros inacabados en los que la naturaleza tiene la última palabra. Sus tonalidades verdes sobre un fondo blanco amarillento le transfieren una peculiar y atractiva personalidad que invitan a una especial atención. No hay dos hojas iguales y cada una tiene su abstracción. Supongo que aquí radica su encanto y mi atención por ella.

















lunes, 22 de octubre de 2018

00847 Los Almuerzos Improvisados

CON LO QUE SEA

No hay manera. Por más prisa que me dé y por más tiempo que invierta, no hay forma de controlar el archivo fotográfico. Cuando el número de fotografías sin archivar parece que lo tengo controlado, -para mí, tenerlo controlado es bajar del millar de fotografías a la espera de archivo-, observo con pavor que otras tantas están pendientes de destino en el teléfono móvil y similar número en la tarjeta de memoria de la cámara fotográfica. Es el cuento de nunca acabar.

Hay algunos bloques de fotografías que su archivo, por su temática, me resultan más fácilles ; una excursión, una reunión familiar, una elaboración gastronómica..., sin embargo, hay otras que aparecen como huérfanas de destino. Se trata, estas últimas, de imágenes sueltas, dos o tres, e incluso en la más absoluta soledad e independencia. Las voy guardando en el archivo general por si en algún momento me pueden ayudar a llevar adelante este proyecto personal consistente en llegar a escribir sobre diez mil cosas que me gustan. No siempre y en todo momento me sugieren algo y si lo hacen, no siempre y en todo momento acierto a  ponerles palabra.

A estas imágenes que ilustran el quid de esta entrada hacía tiempo que les había echado el ojo, pero no les encontraba el aquel. Aparentemente, no son más que un par de huevos fritos con unas piezas de pollo al chilindrón saboreados y bien saboreados en un almuerzo en el pasado mes de agosto; en concreto, en la mañana del día 9 de agosto. En algún momento de este blog ya he mostrado mi gusto por los huevos fritos y sus acompañamientos, por los almuerzos de este tan señalado día y por alguna que otra versión más. Así que me faltaba acompañar con un apellido a la palabra almuerzo. Y ha sido hoy cuando lo he encontrado.

Me ha venido a la mente cuando he recordado el momento de este almuerzo. No acostumbro a almorzar. Igual caen tres o cuatro almuerzos al año, no más. Surgió de manera improvisada. Una visita a alguien a quien aprecio como a un hermano y  un cómo estáis seguido de un qué os apetece tomar,  fueron suficientes. A los pocos minutos tenía delante de mí un par de huevos fritos acompañados de un delicioso pollo al chilindrón. Hacía días que no nos veíamos. Nos pusimos al corriente de nuestras vidas, de la de nuestros hijos, de nosotros, de lo que nos ocupa y preocupa, de cómo estamos y de cómo nos dejan estar.... Hablamos de todo menos de lo que cada día nos hierve la sangre. Bueno, alguna de esas cosas también, es inevitable, pero poca cosa.

Fueron cerca de tres horas de delicioso almuerzo improvisado. De hablar y no parar. De detener y prolongar el tiempo en una mañana no cualquiera del mes de agosto. Y en la despedida, un hasta cuando queráis que volveremos a improvisar otro par de huevos fritos con lo que sea.

viernes, 19 de octubre de 2018

00846 La Cocina de Puchero

DE NUEVO A ESCENA

Dejen paso las cocinas a los pucheros con sus legumbres, sopas y olores. Que garbanzos, alubias, lentejas, verduras y carnes inunden de aroma la doméstica estancia en su lento quehacer. Que la explosión de sabores de ancestro y tradición regresen a las mesas con entusiasmo y admiración.

Ya tenía ganas de volver a poner la mesa con la cuchara sobre el mantel. En los últimos meses, salvo días de excepción, la he echado en falta. Me encantan los platos de cuchara con su  contundente sabor y mezclas casi prohibidas. Caldos, potajes, cocidos, fabadas, sopas... Todo en reposada elaboración y anhelado resultado.

Puchero de olor que todo lo ocupa. De puertas adentro los recuerdos de siempre y de puertas afuera, regalada aspiración al paso y de bienvenida a quien llega.

Tenía ganas de que llegaran los días de puchero, morcillas, pancetas, chorizos, huesos y remedios. Todo le va bien al humilde y socorrido puchero impaciente por salir de nuevo a escena.

Un puchero que no es un llanto, salvo el que traiga el placer al llantarlo.



00845 Comer con los Dedos

LO REQUIERE LA OCASIÓN

Acabo de leer un artículo sobre "la buena o mala educación de comer con los dedos". Me ha parecido muy interesante lo esgrimido y  planteado, y cómo el mundo occidental incorporó a su cultura los cubiertos,  que en un principio nacieron como utensilios de ayuda en la cocina apenas hace tres siglos. Conclusión después de hacer un repaso por distintas culturas de este planeta, la relación que tenemos con todo lo que nos rodea desde que nacemos a través del tacto y la imposibilidad de comer según que alimentos si no es con los dedos: "Comer con los dedos no es cuestión ni de buena ni de mala educación, también esto, como tantas otras cosas, es relativo".

Me he acordado de un magnífico conejo con ajos, no al ajillo, que hace mi hermano Antonio y que está de chuparte los dedos. Nunca mejor dicho. No sé muy bien cómo lo hace pero está de vicio. El conejo está cortado en trozos muy pequeños, fritos, bien dorados y con abundantes dientes de ajos enteros. Tendré que preguntarle acerca de su elaboración para poder imitarlo.

El caso es que la primera vez que me lo ofreció, educado que es uno, comencé a comerlo con cuchillo y tenedor. Aunque ducho en la materia, según a qué piezas, me costaba sacarles todo el partido posible, dándome la impresión de que algo no estaba haciendo bien. En uno de los momentos de mi pelea y concentración con el conejo oí decir a mi hermano, mientras me miraba por el rabillo del ojo, "para disfrutarlo hay que comerlo con los dedos".

Liberado del cuchillo y tenedor, proseguí solo ayudado de mis dedos. Nada que ver. Se trataba de otro guiso, otro sabor y otro disfrute. Y en los huesos, ni un ápice de dorada carne. Y lo más grande, para finalizar, "y para no manchar las servilletas", chupar las yemas de los dedos, con delicadeza, eso sí, en las que se había ido depositando una ligera y pringosa película de sabor a ajo confitado.

Pues sí, todo en esta vida es relativo.






jueves, 18 de octubre de 2018

00844 Sin Título

SENTIR

Que me gusta mirar al cielo no es novedad; me distrae y hace compañía. Que me gustan las nubes, sus formas, colores y caprichos, tampoco;  me distraen, entretienen y vuelven a distraer.

He perdido la cuenta del número de nubes y cielos que tengo fotografiados. Todo en su momento me transmitió algo, me transfirió alguna sensación, me ocupó unos minutos en encontrar algún parecido con algún objeto, animal o cosa, como una adivinanza. No deja de ser un juego.

La imagen que hoy traslado aquí me la he encontrado mientras ordenaba carpetas y fotografías. No es mía. Intuyo quién me la envió en su día por otras imágenes que le acompañan. Si la guardé sería por algún motivo que no alcanzo a recordar, aunque también lo intuyo. La mira ahora de nuevo y aunque no me apetece jugar, veo un pescado abierto, una comunidad autónoma, un fantasma e incluso océanos y continentes imaginados. La mira de nuevo ahora y me apetece más ver un paraje enigmático, bello y todavía por soñar. Por eso no le pongo título. Para qué ponerle título. Prefiero que sea una imagen sin título, sin nombre, anónima como el cálido paisaje y la calidez de quien en algún momento me la quiso hacer llegar.

Hoy no veo, solo quiero sentir.

00843 Los Noodles con Calabacín

POR VARIAR

El huerto sigue regalándome pequeños frutos en la recta final de la temporada. Hay ya poca cosa, pero suficiente para continuar disfrutando de sus excelencias.

Es el caso de los calabacines que no encuentran el momento de decir adiós. Las plantas están hermosas y continúan sacando a la vida sus peculiares flores. Sus frutos ya no son lo espectaculares que han sido durante todo el  verano, si bien mantienen todo su particular sabor. Fundamentalmente los utilizo ahora para hacer sabrosas y siempre bienvenidas fritadas aragonesas, pero hoy me apetecía cambiar de registro. Se me han ocurrido varias alternativas y al final me he inclinado por hacer una "probatina" con inhabituales texturas y sabores. La culpa, unos noodles o fideos japoneses que he visto al abrir uno de los armarios de la cocina donde guardamos los alimentos y especias orientales. No será la bomba, he pensado, pero tampoco estará mal. Así que me he puesto manos a la obra.

Ingredientes: Un paquete de noodles, dos calabacines, una cebolla, aceite de oliva, salsa de soja y salsa teriyaki.

Elaboración: Cortamos a cuadraditos los calabacines y la cebolla y cocinamos en una sartén a fuego lento con un poco de aceite de oliva hasta que se ablanden los alimentos, que estén un poco al dente. Reservamos. A continuación, cocinamos en agua los noodles siguiendo las instrucciones del fabricante. Escurrimos y los añadimos a la sartén donde hemos cocinado calabacines y cebolla. Mezclamos y servimos acompañado de la salsa de soja y la salsa teriyaki para que cada comensal salsee los noodles a su gusto. Sugerencia tras la "probatina": no abusar de la salsa de soja, escasamente enseñársela al plato.

El resultado ha sido satisfactorio; agradable al paladar, ligero y curiosa presencia en el plato. Al resto de comensales, o les ha gustado tanto como a mí o han llegado a casa con mucha hambre; no ha quedado ni un fideo para muestra. Repetiremos.