domingo, 16 de julio de 2017

00517 Todo Tiene un Por Qué

Y SI NO LO TIENE...


... lo busco hasta encontrarlo. No creo en el azar ni en las casualidades. No tengo motivos para creer otra cosa. Me lo acaban de ratificar estas tres imágenes sueltas que me han aparecido en una de mis múltiples descargas para liberar espacio. No obedecen a nada en particular. Las capté en uno de mis diarios cien kilómetros. Siempre que pasaba por aquí de regreso a casa, me llamaba la atención la solitaria caseta.

La primera vez que me fijé en ella se mostraba sobre un campo ocre y desnudo. Me pareció de una soledad extrema. Con el paso de los días se convirtió en un referente espacial de mi transitar, hasta tal punto que comencé a saludarla como si se tratara de una vieja conocida. Me sentía bien en nuestro breve encuentro. Apenas unos segundos desde que la divisaba y otos pocos más por el retrovisor. Hasta mañana.

No pasaron muchos días desde aquella primera vez, que la tierra comenzó a verdear. Su aspecto solitario ya no me parecía tan extremo. Serían las espigas del incipiente cereal o que ya me había acostumbrado al paisaje, el caso es que me empezó a parecer una imagen entrañable y serena a la que seguía saludando con el mismo entusiasmo.

Cien, doscientos, trescientos, quinientos, mil, dos mil kilómetros, no sé cuántos llevaba recorridos cuando al campo, a los pies de la caseta, comenzaron a aparecer diseminados pequeños puntos rojos como un sarampión. A no mucho tardar, los ababoles se fueron concentrando en torno a la caseta. En algún momento,  hasta me pareció que querían escribir algo sobre el verde tapiz del soleado campo.

Un día estacioné el coche para ver si era cierto. Se trataba de una ilusión, aunque puede que quisieran decir algo. Aproveché para hacer tres fotografías en recuerdo de nuestros primeros tres meses de encuentros. Me pareció entonces un escueto y humilde paraje bello.

Ahora está como cuando la observé por vez primera, sola ella sobre un campo ocre y desnudo a la espera de un  nuevo ciclo de la vida. Y la sigo saludando como hago desde el primer día. Todo tiene un por qué, como esta caseta  amiga.






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