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martes, 29 de abril de 2025

01660 Untar Pan

 LA APOTEOSIS DEL SABOR


Untar el pan en las salsas es algo que me produce un grato placer. Desde siempre, desde que era niño. Me parece el colofón de un buen plato, la guinda del pastel, la apoteosis del sabor. Bien es cierto que en la actualidad he aprendido a contenerme, cosas de la edad, y no son pocos los guisos que se han quedado sin la casi obligatoria untadita de pan.

Lo de untar o mojar pan en las salsas viene de viejo, de tradición. Anda que no he escuchado veces tanto a mi abuela como a mi madre aquello de “coge un poco de pan para ayudarte”. Recordando esta sentencia, pienso que más que una mera recomendación para que el bocado en cuestión subiera a la cuchara o al tenedor, era una incitación a que mojaras el pan en cualquiera de las salsas de sus memorables guisos. No podía ser de otra manera. Y además, era una certera forma de llenar el estómago.

No obstante, es una mera impresión, y como tal, puede que esté equivocado. En las propuestas culinarias actuales, las salsas brillan por su ausencia y si están, son una mera anécdota. Casi se agradece, pues así se evitan tentaciones. ¡Ay, untar pan! ¡Qué tiempos aquellos! Panaderías familiares y de referencias. Panes artesanos, de dos o tres moños, con gruesa corteza y sabrosa miga compacta.

Por cierto, Julio Camba, periodista, escritor y humorista gallego, en su obra “La Casa de Lúculo” o “El arte de comer” (1929) señala “No deje usted nunca de sopear por un falso concepto de la corrección; lo verdaderamente incorrecto es devolver a la cocina sin haberla probado, una de esas salsas que honran a una casa”. No seré yo quien diga lo contrario.

 


martes, 2 de julio de 2024

01385 El Pan Plano Libanés

 MARKOOK, SHRAK Ó KHUBZ


No hace mucho que descubrimos este tipo de pan libanés, conocido también como markook, shrak o khubz. Fue por casualidad, curioseando en un gran y afamado hipermercado. Nos llamó la atención por su delgadez y peculiar forma circular. Pensamos en ese momento que sería perfecto para improvisar unas pizzas en casa. Finalmente, compramos una bolsa que contenía seis unidades.

No tardamos mucho en utilizarlo. No recuerdo con exactitud qué contenía la adaptada pizza a este pan. Solo sé que el resultado nos pareció delicioso y nada saciante. En sucesivas visitas a ese hipermercado, no lo encontrábamos en otro establecimiento de alimentación, nos fuimos abasteciendo de este pan, que pasó a formar parte de muchos de nuestros aperitivos y cenas de “fiesta”. Siempre lo servíamos en modo pizza, hasta que un día desapareció de la venta y no había forma de dar con él.

La semana pasada, ¡oh, sorpresa!, y después de un par de años, volvía a exponerse en las estanterías del hipermercado en cuestión. Visto lo cual, y como aguanta bien en casa, hicimos una buena provisión de bolsas. No tardamos ni 48 horas en que, de nuevo, pasara a formar parte de nuestros aperitivos y en forma de pequeñas y crujientes pizzas. En esta ocasión, la propuesta ha sido bien sencilla: una ligera salsa de tomate frito por encima del pan, mozzarella, unas alcaparras, unas gotas de aceite de oliva virgen extra, sal y al horno. ¡De vicio! Y un placer, el feliz reencuentro.

Se trata de un pan plano sin levadura que se hornea en una plancha metálica y convexa, que se elabora en Oriente Medio. Básicamente lleva harina, agua y sal. A diferencia del pan de pita, este es más fino y más grande. Se puede elaborar en casa, aunque nunca lo hemos intentado hacer. No obstante, esta es la receta para un por si acaso. Como no es habitual tener en nuestros domicilios una plancha metálica convexa, se puede sustituir por una sartén y ayudados de un poco de aceite de oliva.

Ingredientes para unas 10 piezas: 1 taza de harina de trigo, 1/3 de agua, una pizca de sal y 2 cucharadas soperas de aceite de oliva virgen extra.

Elaboración: Mezclar en un bol la harina y la sal. Incorporar el aceite de oliva y volver a mezclar. Añadir el agua y mezclar de nuevo. Enharinar la tabla de cocina y pasar la masa a la tabla para trabajarla. Cuando se haya conseguido una masa homogénea, darle forma de bola y cubrir con un trapo de cocina. Dejar reposar media hora. Transcurrido este tiempo, dividir la pasa en 10 porciones iguales. Aplanar cada parte resultante con un rodillo de cocina. Echar unas gotas de aceite en una sartén y pintar toda la superficie. A fuego medio bajo, ir pasando cada porción por las dos caras hasta que se doren. 




viernes, 24 de mayo de 2024

01351 Los Curruscos de Pan

UNA TENTACIÓN


Cuando venía para casa a la hora de comer, me he cruzado con una joven que llevaba dos barras de pan envueltas en papel. Algo habitual. Pero lo que me ha llamado la atención, es que los corruscos de las dos barras brillaban por su ausencia. Uno de ellos, me puedo imaginar qué fue de su destino. El otro, lo llevaba la joven en la mano y le iba dando pequeños mordiscos. Se lo estaba comiendo con tanta delicadeza y emoción, que casi parecía un anuncio televisivo. Tanto es así, que me han entrado unas tremendas ganas de comprar una barra de pan e imitar a la desconocida transeúnte. Pero no, me he arrepentido. Aun siendo un fan, fan, del pan, últimamente intento relacionarme con él lo menos posible. Solo en casos extremos. Y este no era uno de ellos. 

Finalmente, he vencido a la tentación, pero eso no quita para que haya comenzado a rememorar pequeñas historias sin trascendencia en torno al currusco de pan; este trozo de barra tan querido para muchos y tan despreciado por otros tantos. En casa, por ejemplo, el currusco, cuando lo hay, tiene establecido un orden jerárquico: uno para Gloria y el otro para Jara. Yo voy de suplente. Si alguna de las dos, por lo que sea, no lo quiere, me toca a mí.

Pensar en el currusco de pan, es volver, de nuevo, a la infancia. A las meriendas de pan y chocolate. Una porción de chocolate que se incrustaba en la miga del currusco y que sabía a manjar del bueno. El último tramo del currusco se presentaba ya sin porción y se comía sin más. Era su crujir, el fin de la merienda.

Otra especialidad de esa infancia, esta menos habitual, era el currusco con leche condensada. Digo menos habitual, porque la presencia de esta dulcísima leche no era muy frecuente. Mi madre acostumbraba a comprarla cuando hacía algunos de sus delicios postres. Era entonces, cuando cogía el currusco de la barra de pan, le quitaba la miga, y en el hueco le introducía unas cucharadas de leche condensada, para posteriormente, taparlo con la miga que le había quitado con anterioridad. Eso sí, a la hora de comerlo, nada de ir por allí, en un voy y vengo. Sentadito y con un plato debajo, que recogiera los churretones de leche condensada que se salían del currusco en cada mordisco.

Y los bocadillos, siempre que se podía, elaborados con la parte del currusco. No cabían preguntas. Recuerdo, incluso, en mis años de internado, a la hora de la merienda, si no me tocaba currusco, intentaba cambiar el bocadillo con otros niños a los que sabía no les gustaba esta parte, principio y fin, de la barra de pan. ¡Qué años aquellos!

Por cierto, que, a la hora de empezar a escribir esta entrada, me ha entrado una enorme duda. ¿Se dice currusco o corrusco? Así, que me he ido al diccionario, y en la R.A.E aparece como currusco: “Parte del pan más tostada que corresponde a los extremos o al borde”, si bien, el vocablo procede de corrusco. También, ya puestos, he podido comprobar que, según en la zona geográfica donde uno se encuentre, esta parte del pan tiene otros nombres como, cuerno, teta, punta, pico, cantero, cabero… Se diga como se diga, yo me pongo al lado de los forofos del currusco. 


martes, 21 de mayo de 2024

01349 Las Roscas de Pan Rellenas

 CARGADAS DE GRATOS RECUERDOS


No hace mucho tiempo, me reencontré con la rosca de pan rellena. Otra vez tengo que remontarme a la infancia de mis hijas, cuando la comí por última vez. Y de esto hace ya algunos añitos. 

Me encantó en su momento y ahora, me sigue pareciendo deliciosa. En aquellos años a los que hago referencia, acostumbrábamos a degustarla los sábados para cenar. Sin decirlo abiertamente, era nuestro premio a la reunión en familia. Para mí, fueron años difíciles en los que mi vida era una entrega sin tregua a la radio. Raro, muy raro, era el día entre semana que podía cenar con ellas. Así que, llegado el fin de semana, también, raro, muy raro era, que no los pasara por completo con las niñas. 

La cena de los sábados acostumbraba a ser algo festiva y sacábamos a la mesa platos y alimentos que, sobre todo, les gustaban a Loreto y Jara. Había un largo listado de cosas que les satisfacían, y que yo recibía también con sumo agrado. Una de estas era, precisamente, la rosca de pan rellena y cuyo hueco, rellenábamos de patatas fritas. Todavía alcanzo a visualizar sus caras de asombro y de felicidad. Habitualmente, la rosca era de jamón, que es la que más les gustaba. No dejaba de ser un bocadillo, pero un bocadillo muy especial y que ahora recojo en este caleidoscopio vital con una sonrisa llena de añoranza. Y hasta aquí voy a escribir.

Y como todo en esta vida tiene un principio, la primera vez que conocí la rosca de pan rellena fue en Barcelona, cortesía de mi hermana María Engracia. Cuando íbamos a visitarla, siempre nos tenía guardada alguna sorpresa gastronómica. En una ocasión, y también para cenar, nos obsequió con unas deliciosas roscas rellenas de diversos embutidos. Me parecieron un escándalo de buenas, crujientes y sabrosas. 

Como ya he comentado en alguna ocasión, la cocina y los alimentos están cargados de recuerdos. Y la rosca de pan rellena tiene escritos unos cuantos. 



miércoles, 15 de mayo de 2024

01345 Las Sopas de Pan

 UN ANTES Y UN DESPUÉS


En mi infancia y juventud es que no las podía ni ver. Cada vez que mi madre me ponía, habitualmente para cenar, un plato de sopa de pan, la cantidad de arcadas que tenía que disimular. Esta sopa era superior a mis fuerzas. Pero como en mi casa estaba terminantemente prohibido decir "no me gusta", para adentro que iba la sopa y sin rechistar. 

Cuando veía que en la panera se iban acumulando chuscos de pan, sabía que tarde o temprano, acabarían convirtiéndose en sopa. Una sopa, la que hacía mi madre, muy sui géneris. Había días que le añadía tomate frito, que para mí era la menos nauseabunda, otros con cebolla, también más o menos pasable..., pero con la que no podía y me costaba un auténtico sacrificio, era cuando le añadía huevo. Con esta, en alguna ocasión tuve que ir al baño a vomitar. La textura, por aquel entonces, me parecía de lo más desagradable. Eran los tiempos que fueron y la economía doméstica no era muy boyante. 

Nunca me interesé por esta receta, así que no tengo ni idea de cómo la hacía mi madre.

En una ocasión, hace ya algún tiempo de esto, mi hermano Antonio me invitó a comer a  un restaurante que a él le encantaba. Se empeñó en que probara una de las especialidades de la casa, que no era otra cosa que la sopa de pan. Pensé, "tierra, trágame". Por no decepcionarle, acepté, con gran agrado por fuera, pero con toda la preocupación del mundo por dentro. Cuando tuve el plato de sopa delante de mí, comenzaron a llegarme recuerdos de los días anteriormente descritos. No obstante, lo cierto, es que esta sopa, nada tenía que ver con la que yo detestaba. Olía bien, a comida de puchero. Y su aspecto, por lo menos era prometedor. Comencé a tomarla con sumo cuidado y me encantó. El sabor era muy agradable y su ingesta muy ligera. Tanto me entusiasmó, que repetí con un par de cazos más. Nada de arcadas, ni aspavientos, ni el más mínimo rechazo. Estaba excepcional. Desde ese momento, mi relación con la sopa de pan, cambió. Ahora, cuando la hago en casa, me acuerdo de mi madre y de aquellos días, Si bien, nunca supo ella, mi rechazo a esta sopa, aunque creo que lo intuyó.

La receta que comparto es la que pongo en práctica cuando tengo antojo de esta sopa. Es sencilla de elaborar y está rica. No tanto como la de aquel restaurante al que me invitó mi hermano Antonio y donde me congracié con la sopa de pan, pero da la talla.

Ingredientes: Pan seco, 1 cebolla, 4 dientes de ajo, caldo vegetal o de carne, aceite de oliva virgen extra y sal.

Elaboración: Sofreír en una olla con un poco de aceite, la cebolla cortada en juliana y los ajos cortados en láminas. Añadir una taza y media de caldo por persona y el pan seco. Cocer durante unos diez minutos. Retirar del fuego y triturar ligeramente. Servir.


domingo, 3 de marzo de 2024

01283 El Pan de Cristal

 PA DE VIDRE


Recuerdo como si fuera ayer, y es que prácticamente fue ayer, el primer día que probé este pan. Fue en el año 2009, en mi establecimiento hostelero de referencia por aquella época, según puedo ver en la data de las imágenes que lo atestiguan. Con su director, al que me unía una entrañable amistad, acostumbrábamos, cuando sus obligaciones profesionales se lo permitían, a sentarnos delante de algo comestible para hablar de la vida y sus derivados. En una de esas ocasiones me sorprendió con un pan, al que denominó de cristal, acompañado de queso y jamón. Me resultó algo delicioso e inolvidable. Un pan crujiente, prácticamente todo corteza, y sin nada de miga. De hecho, desde aquella primera vez, siempre que tengo la oportunidad de probarlo, no la dejo pasar, aunque por mi pésimo masticar, acabe con alguna llaga en la boca. Pero bueno, es cuestión, en mi caso, de ir con sumo cuidado.

Este pan, un derivado de la super popular chapata, fue ideado, en 2014, por el panadero catalán Jordi Nomen, al parecer, «cansado de escuchar el mito de que la miga engorda”. Se trata de un pan aplanado y con grandes alveolos en la miga por tener una gran hidratación de la masa. El aireado de la miga es tan grande que hace que el pan sea prácticamente todo corteza.

Acabo de leer que en los últimos años se ha popularizado este pan en toda España, de la mano de una cadena de supermercados líder de nuestro país, en donde fue el pan más vendido de 2021. No conocía el dato, aunque sí el pan que comercializan. No está mal, para mi gusto no es de los mejores que ofrece, pero nada que ver con los panes de cristal más artesanales que he llegado a probar. Pero bueno, para gustos están los colores.

 

 





viernes, 24 de noviembre de 2023

01215 El Pane Guttiau

PANE CARASAU



La primera vez que probé el pane guttiau fue, hace un par de años, en el restaurante que el cocinero italiano Matteo de Filippo regenta en el Mercado de la Paz de la capital de España. Me llamó la atención el nombre, además de su delgado aspecto y crujir, a tenor de lo que podía observar en una mesa de comensales contigua a la que yo me encontraba con mi familia.

Fue servido a modo de entrante y la verdad es que me dejó un poco indiferente. Se dejaba comer, pero nada del otro mundo. Sin pena ni gloria. Satisfecha la curiosidad, sin más. Luego vendría todo lo demás y sería otro cantar. Comimos de vicio. Del todo recomendable. Pero bueno, a lo que iba.

En el mes de octubre volví en viaje familiar a la isla de Cerdeña, que tan grato recuerdo me dejó en mi primer viaje hace cinco años. Necesitaba disfrutar de esa estancia y ya lo creo que lo conseguí. Fueron unos días inolvidables y de los que hice acopio de un buen número de cosas que me gustan y que iré desgranando en este caleidoscopio vital.

El caso es que del pane guttiau ni me acordaba. Regresó a mi memoria en la primera comida que hicimos en la isla. En esta ocasión, no lo pedimos. Nos lo sirvieron con otros panes a la par que las bebidas. Teníamos hambre y empezamos a pellizcar el crujiente pan. Aunque entraba solo, me siguió pareciendo un pan sin fundamento. Sí, muy atractivo a la vista y crujiente, pero sin gracia al paladar. No obstante, y a pesar de lo cual, no quedó ni una miguita de muestra.

En días sucesivos, allí donde íbamos a comer, éramos recibidos con el pane guttiau que nos hacía la espera más llevadera. Llegamos a cogerle tanto “afecto”, que en una ocasión que no nos lo sirvieron, lo echamos en falta. Entraba solo y se había convertido en todo un ritual en nuestras comidas.

De vez en cuando, entrábamos en algún supermercado para aprovisionar nuestras cenas en el apartamento e ir echando un ojo a aquellos alimentos susceptibles de llevarnos al regreso a casa cuando se acabara este fantástico viaje. Todo era apetitoso, especialmente, lo concerniente al atractivo mundo de las pastas, salsas y quesos.

El panettone, dulce típico de la Navidad italiana, comenzaban ya a hacer acto de presencia en las zonas notables de los supermercados y en la sección de la panadería, cajas y bolsas, bolsas y cajas de pane guttiau. Ni en mi anterior visita a Cerdeña, ni en mi viaje a Italia del año pasado, me llamó la atención. Pero en esta ocasión, difícilmente me pasó inadvertido.

En una ocasión, a la salida de un supermercado, nos sentamos a tomar un café y descansar así de nuestro trajín. Aproveché ese momento de relax para interesarme por el pane guttiau.

Es muy similar al pane carasau, típico de Cerdeña, pero enriquecido con aceite de oliva virgen y sal. También es conocido como “carta de música” en italiano, cuyo significado es el de “hoja de música”, en referencia a su forma grande y de papel delgado. Se dice que es tan delgado que, antes de cocinar, se puede leer una partitura a través de él.

“En su origen, llevaba tanto trabajo entre amasado, formado y aplanado en discos -que después se apilaban, separados por tejidos de lino o lana- que se acostumbraba a necesitar tres personas para elaborarla. Para prender el horno se utilizaba madera de roble, y la cocción empezaba habitualmente al amanecer”. Se trata de un pan que nació como alimento de larga duración para los pastores trashumantes de Cerdeña. Antiguamente, de hecho, todas las familias sardas lo preparaban en grandes cantidades y lo almacenaban en cofres. Según pude leer, “por respeto a la tradición, los únicos cambios que se han hecho en la elaboración de este pan desde el inicio de los tiempos son mecánicos, sin añadidos o mejorantes panarios. La materia prima es harina y sémola de trigo duro".

El proceso sigue siendo el mismo: cocido originalmente durante unos segundos en un horno de leña y elaborado con agua, sal, levadura y sémola de trigo duro refinado, o más comúnmente con cebada o harinas integrales mixtas, ricas en salvado.

La receta actual del pan carasau prácticamente no ha cambiado, aunque la gente tiende a preparar la masa a máquina y a hornearla en hornos eléctricos o de gas. Su elaboración consta de cuatro etapas: primero se deja elevar la masa, luego se cuece en el horno, donde se hincha como un globo; a continuación, se divide en dos mitades, aún calientes y, finalmente, se vuelve a meter en el horno para la etapa de tostado, en sardo "carasadura", de la que toma su nombre el producto acabado. El resultado es una masa crujiente que conserva su frescura durante mucho tiempo.

Leí también que se encontraron restos de este tipo de pan en excavaciones arqueológicas de nuraghes, construcciones tradicionales sardas de piedra y, por tanto, ya se comía en la isla con anterioridad al 1000 a.c.

Para degustar una de las mejores versiones del pan carasau, hay que visitar Fonni, el pueblo más alto de Cerdeña. Rodeado de bosques centenarios y restos prehistóricos, el municipio de Nuoro se encuentra en la ladera norte del Gennargentu, en el centro de la isla. “Fonni es la ciudad ideal, no solo para realizar excursiones por la naturaleza y la arqueología, sino también para conocer las auténticas tradiciones artesanales y gastronómicas, ya que es hogar de una de las panaderías icónicas en la producción de pan de carasau: el Horno Sunalle”.

El viaje lo teníamos milimétricamente detallado y Fonni nos quedaba muy lejos. Esto me hizo pensar que sería la excusa para visitar por tercera vez la isla de Cerdeña.

 

 

 

 

 





viernes, 11 de agosto de 2023

01171 Las Rebanadas de Palmo

 PRUEBA SUPERADA


Cuando me enfrenté a ella, podía leer en sus miradas, "no podrá con toda". Tengo que reconocer que tampoco yo confiaba demasiado en poder meter en mi estómago, la monumental rebanada que medía más de un palmo.

Afronté el cometido y lo primero que pensé fue, "no hay prisa". Además, tenía ante mí un manjar que no probaba desde hacía tiempo; una buena rebanada de pan de payés con tomate y una generosa ración de fuet. Era cuestión de saborear delicadamente cada bocado y dejarme llevar. En otros tiempos, la susodicha tostada hubiese durado en el plato un suspiro. Pero lo dicho, en otros tiempos.

Y empecé a dar cuenta de la singular rebanada de pan como quien no quiere la cosa. Algo remaba a mi favor, y es que tenía hambre. Corría el riesgo de comer rápido, es lo que me sucede cuando estoy ansioso por algo. Pero no era el caso. Estaba tranquilo. Así, que comencé a comer despacio, restando importancia a lo que tenía delante de mí. La verdad es que estaba deliciosa.

Cuando llevaba algo más de la mitad de rebanada de pan con fuet consumida, me entró un pequeño colapso, una especie de ya tengo suficiente, a partir de aquí es ya un exceso. Pero lo cierto, es que el popular manjar me seguía tentando. Miraba las caras de quienes me acompañaban. Parecían sentirse ganadoras de una apuesta inexistente. Incluso alguien dijo, "te va a sentar mal". Sería la primera vez que tal delicia me sentara mal. Volví a la carga ante el asombro de las incrédulas miradas. Y chino chano, como se dice por mi tierra, no quedó ni una miga de muestra.

Me sentí satisfecho. No por el hecho de haber podido con semejante rebanada, sino porque pude comprobar, contra todo pronóstico, que todavía quedaba en mí algo de lo que fui. Solo puse un reparo. La susodicha rebanada tuve que acompañarla con un café americano. Tenía que conducir. 





jueves, 19 de enero de 2023

01091 El Pan Gallego

 DE QUITARSE EL SOMBRERO


Regresa el pan a este caleidoscopio vital. Y no es el pan nuestro de cada día, sino el de Pascuas a Ramos. Ya he manifestado en varias ocasiones en esta carrera sin tiempo en la que ando metido, mi relación y devoción por este sustento. Desde los sugerentes olores a pan recién hecho con los que se despertaba cada mañana mi infancia y juventud, mor del obrador que había debajo de casa, hasta llegar a un pueblo cualquiera y visitar antes que la iglesia del lugar, el horno de pan, para finalmente, y muy a pesar mío, eliminarlo de mi dieta. Por resumir y no ahondar más en la cuestión.

Llevo unos años que acudo al pan en contadas ocasiones. Esto no quita a que si se cruza en mi camino un pan bueno, con sabor, consistente, crujiente corteza, generosa miga, elaborado con masa madre y en horno con solera...entonces, no tengo más remedio que rendirme ante él.

Las barras y panes congelados y "chicletosos" parecen haber ganado la partida al pan tradicional. No obstante, y afortunadamente, todavía quedan interesantes y sorprendentes propuestas. Algunas de ellas, las que he podido llegar a conocer, ya tienen mi particular reconocimiento en esta aventura sin fin. 

En esta ocasión traigo el pan gallego, que junto al portugués, laureado ya en estas diez mil cosas que me gustan, se sitúa en el top ten de mis panes ovacionados y predilectos. Son dos tipos de pan a los que no tengo fácil acceso, pero cuando se da el caso, como decía al principio, de Pascuas a Ramos, los disfruto lo que no está escrito. Igual soy algo exagerado al decir que me alimentaría solo de este pan, pero sirva el matiz para enfatizar lo que me gusta. De hecho, en mi último viaje a Galicia, lo peor que me podía ocurrir cuando iba a un restaurante, es que me trajeran el pan antes de solicitarme la comanda. Y ya no digo más, si sobre la mesa había aceite y sal. ¡Qué cargo de conciencia! No sé cuántos panes de distintos hornos llegué a probar, pero todos, absolutamente todos, me parecieron deliciosos. Unos panes singulares, con generosa miga que invita a ser untada en todo tipo de salsas y una crujiente corteza como pocas recuerdo, además de un sabor infinito.

Algo de especial tendrá el pan gallego cuando en julio de 2017 se convertía en una Indicación de Origen Protegida, que implica cumplir una serie de requisitos que aseguren los estándares de calidad. Así, se conoce como pan gallego IGP al pan "producido en la comunidad autónoma de Galicia, de corteza crujiente y dureza variable en función del formato, miga esponjosa y alveolado abundante e irregular, que se elabora de forma artesanal con harina de trigo blando". El documento oficial de la Xunta especifica que la elaboración del pan gallego IGP "se caracteriza por la utilización de masa madre y una elevada cantidad de agua, así como por los largos tiempos de fermentación y cocción, esta última siempre en hornos con solera de piedra u otros materiales refractarios". La denominación del pan gallego también implica una corteza que puede ir de dorada a marrón oscuro, con un grosor generalmente de entre 3 y 10 milímetros, cuando se trata de una hogaza, y entre 1 y 3 en las barras, resistente a la presión y crujiente. La miga tiene que tener un color entre blanco oscuro y crema pálido. Además, y por ir acabando, el pan gallego IGP debe ser elaborado con una serie de harinas de trigo en las que por lo menos el 25% deberá ser "harina del país", cultivado en Galicia y de variedades autóctonas. La denominación también prohíbe el uso de aditivos.   












jueves, 22 de diciembre de 2022

01085 Las Tostadas de Pecado

 UNA PEQUEÑA HISTORIA SENTIDA


La báscula me aconseja últimamente que tenga cuidado con las cenas y que sea más bien parco. Intento hacerle caso, pero me cuesta. Hay días en los que la ansiedad viene a visitarme y no hay manera de controlarla. Hago algunos amagos, juego al despiste, me entretengo con un café y un cigarrillo, ingiero poca cosa y supero el momento cena. Pero hay otros que, por más que me haga el despistado, no consigo vencer la inquietud que, llegado este momento del día, se apodera de mí. Cuando esto sucede, voy directo al grano y me dejo de tonterías. Para qué sufrir más de lo debido. Es cuando recurro a mis "tostadas de pecado".

Tengo un buen muestrario de ellas, pero hay una con la que gozo sobremanera: tostada de tortilla francesa con jamón pasado por la sartén. Un combinado que me hacía mi abuela Genoveva en mi infancia y que me sabía a manjar de dioses. Aquella tostada que hoy llamo de "pecado" lo tenía todo a su favor. El pan de hogaza del horno del señor Antonio, en Alcalá de Gurrea, a escasos metros de la casa de mis abuelos, y que tan feliz me hacía visitar cuando tenía que ir a recoger algún encargo de la abuela. Cosas de niños. La tortilla floja hecha con los huevos de las gallinas de casa. Y el jamón de la matacía impregnado de olor a bodega. Una buena "chulla" pasada ligeramente por la sartén. 

Todo eso ya es historia; una historia sentida. Ahora, hay que conformarse con lo que toca, si bien la combinación de alimentos me sigue pareciendo deliciosa. Me gusta, llegado el caso, disfrutar de cada sencillo y humilde bocado de esta tostada de "pecado", porque nunca sé cuándo se volverá a presentar una nueva oportunidad. Cuándo la ansiedad y la inquietud se darán de nuevo cita a la hora de la cena.




miércoles, 7 de septiembre de 2022

01050 Los Picos de Pan

 BENDITO AZAR


Siempre he considerado que si hubiera que elaborar un listado de “por si acaso” o “de imprevistos” para despensas y alacenas de nuestros hogares, los protagonistas de esta entrada tendrían un lugar privilegiado. Cuántas veces no habrán formado parte de alguna inesperada improvisación gastronómica, matado el gusanillo o nos habrán evitado continuos viajes al frigorífico. Y es que los picos de pan, a mi entender, son unos grandes aliados, además de ser un delicioso, entretenido, crujiente e incansable capricho alimenticio. Mientras esto escribo, me han venido a la cabeza un buen número de imágenes de mi “otra vida”, la laboral, en la que participé en comidas, cenas y “saraos” varios, en los que antes de servir la comanda a los invitados convocados, se lanzaba el parlamento pertinente, pocas veces atractivo y gratificante. Y qué mejor manera para acompañar “la muermez”, que entretener a los asistentes con unos picos de pan con algo. Entre la copa de vino, los picos y el algo, la verdad es que la verbal “tortura” se hacía más llevadera.

Los picos de pan acompañan con destreza y saber hacer a un buen número de alimentos. A bote pronto, y de una larga lista, se me ocurren, embutidos, quesos, ahumados, carne de membrillo e incluso platos elaborados como la ensaladilla rusa o el gazpacho.

Por lo que he podido leer, el azar vuelve a repetir protagonismo en el origen de este humilde y pequeño alimento. Hay varias teorías, pero la más extendida hace referencia a la casualidad. Al parecer, a mediados del siglo pasado unos panaderos tuvieron más tiempo del debido el pan en el horno y comprobaron que las zonas externas quedaban más crujientes y sabrosas. De esta manera, comenzaron a elaborar pequeños palitos con la masa sobrante del pan, que dieron como resultado lo que conocemos como picos.

Se elaboran con harina de trigo, agua, levadura y sal, aunque también se acostumbra a añadir aceite de oliva virgen extra para dotarles de su característico sabor. La ausencia de humedad interior permite que se puedan conservar durante largos periodos de tiempo. Según los expertos, el crujido es una de las características más adictivas de este minúsculo pan.

A mí me parecen todo un delicioso acierto.




viernes, 2 de septiembre de 2022

01044 La Torta de Pellizco

 ¡CÓMO ME PUSE!


Hoy, en mis deberes diarios, me he propuesto archivar fotografías. Algo que debería hacer con más frecuencia, pero que voy dejando, dejando, hasta que me doy cuenta del follón que tengo organizado tanto en el ordenador como en el disco duro externo. Luego pasa lo que pasa. Cuando quiero encontrar alguna imagen concreta, me desespero hasta dar con ella. Es en este proceso de búsqueda cuando me percato de que tengo archivos sin revisar que ni me acordaba que existían. Así que me he puesto manos a la obra.

Una de las carpetas sin archivar se corresponde con un viaje familiar a Almería en julio de 2019. Una tierra desconocida para mí hasta entonces y que tenía muchas ganas de visitar. No me decepcionó en absoluto. Pintorescos paisajes, con hermosos atardeceres, pueblos de postal, singulares playas, grandes contrastes y cómo no, deliciosa gastronomía, no exenta de gratas sorpresas y que irán apareciendo por aquí en su momento. Es el caso de la torta de pellizco. No recordaba el restaurante donde la degusté, aunque sí que me acuerdo perfectamente el impacto tan agradable que me produjo. Así que he acudido a las anotaciones de aquel viaje: San Juan de los Terreros, Villaricos, Garrucha, Mojácar, Geodas, Carboneras, Aguamarga, Las Negras, El Playazo, Rodalquilar, La isleta del Moro, El Pozo de los Frailes, Playa de Monsul, Cabo de Gata, Playa Genoveses, Playa de los Cocedores, Mazarrón, Sierra Cabrera.... Restaurante Casa Adelina, en Turre. Sí, aquí fue, en Casa Adelina, donde probé la torta de pellizco, entre otras delicias, como unas magras con tomate, conejo al ajillo o caracoles con tomate. Estaba todo delicioso, pero no sé por qué, la mencionada torta de pellizco "me enganchó". Recuerdo que me comí la que me correspondía, una más, y los restos que iban dejando los siete comensales, conmigo ocho, que formábamos la expedición. Las tortas, con un curioso toque de sal,  iban acompañadas de un alioli, bien de ajo y espeso. Tal fue mi devoción por este manjar que tuve que pedir más alioli para seguir disfrutando de ese instante. ¡Cómo me puse!

He intentado averiguar algo sobre estas tortas, pero ha sido un esfuerzo baldío. Creo que es la primera vez que Don Google me ha dejado huérfano de conocimiento. Al pedirle información sobre las tortas de pellizco, han aparecido un sinfín de variedades tanto dulces como saladas, bizcochos, panes... pero sobre la que hago referencia, nada de nada.

Poco más puedo añadir al respecto. Solo que me pareció algo delicioso, que me puse las botas y que tendré que regresar a esas tierras para volver a probarlas.









viernes, 19 de agosto de 2022

01033 Las Migas con Chorizo

 PARA ANDAR POR CASA


 Qué grandes momentos de ceremonia y encuentro nos ha dado y seguirá deparando este plato tan tradicional de nuestra gastronomía. Como sucede con tantas otras recetas de las llamadas “de toda la vida”, hay muchas versiones al respecto sobre este plato, según la zona geográfica dónde se cocine. Incluso este alimento, típico de las montañas y zonas de pastoreo, de un valle a otro, de un pueblo a otro, de una casa a otra, tiene su peculiaridad. Vaya por delante que, aunque sé de la existencia de las migas manchegas o ruleras, andaluzas, murcianas, almerienses, extremeñas, zamoranas, portuguesas y aragonesas, sólo he degustado, por razones obvias, las últimas. Todo se andará.

La base es siempre la misma, migas de pan con algún acompañamiento. Y es aquí cuando comienza el “gran debate”. Que si con huevo frito, que si con uvas, que si le pongo, que si lo que yo hago, las mejores son las de…  Abro y cierro aquí un paréntesis para recordar con fervor las que elaboraba mi añorado tío Antonio, en su casa de Montesusín, y que precedían a unas cabezas de cordero con patatas asadas al horno, de la mano de mi primo Javier. ¡Qué tiempos tan buenos aquellos!

El caso es que las migas, como la paella o la tortilla de patata, por poner tan solo un par de ejemplos, son todo un mundo de controversia y conversación. Cuando esto sucede, poco puedo añadir. No soy muy ducho en elaborar migas. Como me sucede con las paellas, siempre he tenido a alguien al lado que las borda. Así, que con poner el oído y aprender, tengo más que suficiente. Sin embargo, sí que me afano en comerlas, sobre todo cuando están bien hechas. A este respecto, he recopilado a lo largo de mi vida varios lugares muy interesantes donde las elaboran de cine, amén de gente próxima que tiene buena mano para este plato tan tradicional. Y lo curioso del caso, es una percepción, es que no hay unas migas que sean iguales a otras. Parecidas, sí. Pero no iguales.

Este, en un principio humilde plato, tiene su curiosa y larga historia. Los expertos señalan que se trata de un plato de origen árabe y que se cocinaba para agasajar a invitados distinguidos. En contra de lo que se pudiera pensar, era un plato de las clases altas de la época andalusí. 

Una de las referencias se encuentra en el manuscrito almohade de Ambrosio Huici Miranda, en el que se mencionan diferentes maneras para elaborar el tharid, una preparación culinaria en forma de sopa que posee miga de pan acompañada de diversos y variados ingredientes. Una de las formas de elaborarlo consiste en vaporizar las migas en un recipiente y darles consistencia con grasa animal.

Durante la Reconquista las migas continuaron siendo populares entre los reyes cristianos, aunque les añadieron productos del cerdo para distinguirse de las creencias musulmanas. Fue en estos años también cuando se popularizaron las migas y las sopas de pan, convirtiéndose en un alimento básico para las familias, y muy popular entre los agricultores de la ribera del Duero y los ganaderos trashumantes, quienes llevaban trozos de pan en sus zamarras para hacer frente a las duras caminatas. Así, cuando el pan se les quedaba duro, lo humedecían y lo sofreían en grasa de animal.

A partir del siglo XX surgieron muchas variantes de este típico plato: con chorizo, con huevo frito, con uvas…, siempre con la misma base consistente en pan desmigado y un elemento graso donde sofreírlo.

La receta que acompaño la saqué de alguna revista en algún momento indeterminado de mi vida. Tengo que confesar que, aun siendo buenas, distan bastante de esas migas de inolvidable recuerdo por su sabor y entorno. Digamos que es una receta para andar por casa y quitarte, llegado el caso, el mono de comer migas.

Migas aragonesas con chorizo. Ingredientes: 400 gramos de pan duro cortado a dados, 2 chorizos, 2 tiras de panceta, 3 dientes de ajo, sal, aceite de oliva virgen extra y una cucharada de pimentón dulce.

Elaboración: Dejar en remojo la noche anterior las migas de pan, colocándolas en un bol y rociándolas con agua y sal para humedecerlas. Troceamos el chorizo y la panceta. En una sartén con aceite de oliva freímos la panceta. Reservamos. En el mismo aceite freímos el chorizo. Reservamos. En la misma sartén echamos los dientes de ajo enteros y una vez que comiencen a dorarse, añadimos las migas de pan y la cucharada de pimentón. Removemos bien. Cocinar durante unos quince minutos, sin dejar de mover, hasta que no se apelmacen. Añadir la panceta y el chorizo durante unos tres o cuatro minutos sin dejar de mover.




miércoles, 16 de marzo de 2022

00951 El Pan de Queso

TENTADOR 


Hacía tiempo que en casa nos rondaba por la cabeza comprar una panificadora doméstica, pero siempre encontrábamos alguna excusa para descartar tal idea. Que si no haremos otra cosa que estar todo el día comiendo pan y no nos conviene, que si un electrodoméstico más y además ya no hay sitio en la cocina, que si realmente es necesario... Y así fueron pasando los años. No había vez que no fuéramos al hipermercado y pasáramos por delante de la panificadora, que no hiciéramos una parada delante de ella para plantearnos las mismas dudas como si de una letanía se tratase.

El año pasado, el hipermercado en cuestión tuvo a bien rebajar considerablemente el electrodoméstico. Ese día en el que fuimos vencidos por la tentación, el tiempo que estuvimos por los pasillos de la gran superficie comercial, no sé cuántas panificadoras pude llegar a ver en los carros de compra. ¡Una barbaridad! Como tantas otra veces, nos quedamos mirándolas, y después de hacernos las mismas preguntas de siempre, no sé si es que nos cogió débiles, que nos contagiamos del resto de consumidores o sencillamente que había llegado el momento, el caso es que salimos con una panificadora hacia casa.

Los primeros días fueron una fiesta y nuestros temores al adquirir la panificadora estaban más que fundados. El pan se incorporó a la mesa y a nuestras vidas como en los mejores tiempos de buen apetito. Hicimos hogazas de todo tipo: integrales, de ajo y aceite, de chistorra, chapata, de cereales... y de queso, sobre todo de queso. Un delicioso y peligroso espectáculo.

El problema del pan de queso, por calificarlo de alguna manera, era que lo finiquitábamos en un abrir y cerrar de ojos. No solo estaba presente a las horas de la comida sino que los viajes para pellizcarlo fuera de ellas era continuo. Era toda una tentación no siempre vencida. Difícil reprimirse ante la mezcla de quesos, emmental, gruyere, parmesano y queso azul, recogidos en una masa tierna y olorosa de pan recién hecho.

Llegó el momento en el que tuvimos que poner límites a este desfase. Ahora, digamos que la panificadora está, como los osos, en modo de hibernación, y que solo la despertamos cuando queremos darnos un capricho. Es, ante la falta de voluntad, la forma de evitar tentaciones. Pero ¡qué rico está el condenado!


lunes, 10 de febrero de 2020

00903 El Pan de Pita

UN CAPRICHO

No voy a redundar en mi otrora afición por los bocadillos. En la actualidad, cuando cae alguno entre mis manos, sea dicho de paso que acostumbra a ser de Pascuas a Ramos, lo disfruto, saboreo y paladeo como si se tratara de un manjar exclusivo, como una celebración.

Hace unos meses, sin querer, descubrí en una cadena de supermercados la venta envasada de pan de pita, alimento típico de la cocina de Oriente Medio, elaborado a base de masa de pan enriquecida con aceite de oliva y cocido a alta temperatura, con lo que se consigue una corteza crujiente y un interior hueco, y que permite rellenarlo de diversos ingredientes.

Compré un paquete para comprobar su resultado y lo cierto es que me gustó. No los relleno sino que utilizó el pan como base a la imaginación y al capricho del momento. Cada pan pesa unos 50 gramos y lo que hago es tostarlo entero en la tostadora y una vez rustido lo parto por la mitad y a disfrutarlo al antojo. La primera vez que lo probé de esta guisa fue con pechuga de pavo, unas láminas de aguacate, aceite y sal. Delicioso y efímero. A partir de ese día, como digo, una vez a la semana, tampoco hay que pasarse, y para cenar, realizo la operación del tostado, abro el frigorífico y traslado a la base del pan el sustento apetecible y caprchoso.

La que ilustra esta entrada es una de mis últimas combinaciones con pan de pita y que consiste en unas rodajas de tomate en conserva casera, unas láminas de cebolla, unas tiras de pimiento asado casero y queso burrata, sazonado con un buen aceite de oliva virgen extra y unas escamas de sal Maldon. Menudo festival de sabor, adornado con el crujir del pan de pita.

Me he interesado por la elaboración casera de este pan y por lo que he podido ver, sobre el papel, no resulta muy complicado. Así que he tomado buena nota y un día de estos me pondré manos a la masa. Ya contaré su resultado.

Por cierto, de tanto mirar estas imágenes, el gusanillo del estómago me dice que menos escribir y divagar y más práctica. Así que en cuanto acabe de poner el punto y final a esta entrada, tostaré un pan de pita, abriré el frigorífico y a ver por dónde me lleva el gusto en la búsqueda de un nuevo y nimio placer.


  





jueves, 12 de diciembre de 2019

00895 El Pan de Pimientos del Piquillo

LODOSA



Si me gusta a rabiar el pan y me encantan los pimientos del piquillo, su mezcla en masa horneada tiene que estar de vicio. Es lo que pensé cuando en una ocasión, en una de esas tardes maratonianas frente al televisor viendo Canal Cocina, vi un atractivo reportaje sobre la "Fiesta de exaltación del pimiento del piquillo de Lodosa".

El primer fin de semana de octubre se celebra en esta localidad de la Ribera Alta de Navarra, la fiesta de exaltación del pimiento del piquillo, coincidiendo con su recolección. Una jornada, que traeré a este caleidoscopio vital en otra ocasión, en la que en torno a la plaza se distribuyen distintos puestos de venta de alimentación, con degustación de pinchos y vino o demostraciones de cómo se conserva el producto, cómo se asa, cómo se descorazona o cómo se pela el pimiento de piquillo de forma tradicional.

Apunté en mi memoria la fecha, y de paso también en la agenda porque no me fío ni un pelo de mi retentiva, y este pasado mes de octubre, allí que me fui en excursión familiar a pasar el día.

Resultó todo tal cual recordaba del reportaje televisivo, con el añadido del sugerente y envolvente olor ambiental que despedían los pequeños pimientos asados. Mi intención era dar una vuelta por la plaza y dirigirme posteriormente hacia la panadería que había visto en el reportaje de Canal Cocina. Pero no fue necesario. El obrador había acudido a la plaza con sus rojizos, olorosos y crujientes panes. Tenía unas enormes ganas de probarlo y saciar así mi curiosidad. No diré más. Compré dos barras y solo llegó intacta una de ellas a casa; la otra fue sucumbiendo, a palo seco, conforme fueron pasando los minutos entre pimientos, asadores y demostraciones. ¡Qué cosa más deliciosa! ¡Qué rico sabor y atractiva presencia!

De regreso a casa me pasó por la cabeza comprar una panificadora doméstica para hacer este y otros sugerentes panes. Solo fue un pensamiento. Sería mi perdición. Prefiero quedarme con el recuerdo y esperar al próximo mes de octubre para un nuevo encuentro y mi particular exaltación.

domingo, 26 de agosto de 2018

00782 El Pan Portugués

TRADICIONAL Y DE MASA MADRE


Ya he dejado escrita con anterioridad mi relación y querencia hacia el pan. Con todo lo que me gusta y a raíz de una dieta en la que el pan estaba totalmente "prohibido", me acostumbré a comer sin él. Esto no quita para que de vez en cuando me de una alegría y disfrute de su presencia como si no hubiese un mañana.

Salvo para dejar de fumar, no hay manera, acostumbro a hacer gala de mi fuerza de voluntad. En el caso del pan, reconozco que al principio me costó no disponer de él en las comidas, pero al final acabas acostumbrándote. No obstante,  no sé yo si todo esto que digo sería así, si hubiera tenido al alcance de la mano el tradicional pan portugués de masa madre. No quiero ni pensarlo. Desconocía de su existencia y de su bondad hasta el primer año que nos fuimos en familia de vacaciones a Huelva. Muchos fueron los personales descubrimientos que hice en distintas materias y uno de ellos fue este pan que llegaba a Huelva de la vecina Portugal diariamente. Me pareció, y así me sigue pareciendo después de los años, una auténtica delicia: crujiente corteza, miga compacta y a la vez esponjosa, se nota su peso en las manos, más larga conservación de lo habitual y aunque suene a perogrullada, con sabor a pan. ¡Qué desayunos! ¡Qué tostadas a la hora de cenar! ¡Qué pellizcos entre horas!  Es que ni me planteo su ausencia en la mesa cuando estamos por Huelva. Igual lo tengo muy idealizado, pero me resulta exquisito. Este y cualquiera de los panes que he comido ya en tierras portuguesas. Tienen algo especial.

He intentado averiguar qué es lo que le puede hacer diferente al resto de panes conocidos. Para ello, he navegado por la red hasta que he dado con un foro sobre el pan. Me ha llamado la atención un artículo que hace referencia a las cualidades y bondades del pan portugués. La clave, en resumen, la masa madre y el método tradicional empleado para la elaboración de las distintas variedades de panes.

Según dice el artículo, la masa madre es el "alma del pan", un elemento vivo que convive con nosotros y cuya longevidad puede alcanzar décadas. Se trata de un cultivo mixto de levaduras y bacterias que se alimenta con harina de trigo, centeno u otro cereal. Se logra mezclando agua y harina hasta lograr una masa más o menos fluida que se deja reposar unos días y luego se va renovando, eliminando la mitad de la masa y añadiendo cada día una nueva porción de agua con harina. Las masas madre bien trabajadas pueden vivir muchos años si se les renueva bien, de modo que se añada nuevo alimento y se diluyan excesos de toxinas. La panificación con masa madre es más lenta que la realizada con levadura de origen industrial, ya que se trata de cultivos naturales, no seleccionados y mixtos que fermenta con mayor lentitud.

Antes de la introducción de los cultivos de levadura seleccionados y destinados a la industria, los panaderos elaboraban el pan con las masas madre que ellos mismos creaban y mantenían día a día.

Pues no sé yo si será la masa madre, su elaboración tradicional, las vacaciones, la hermosa Huelva y su vecina Portugal, pero este pan se me antoja el no va más de los panes.










sábado, 25 de agosto de 2018

00781 Las Tostadas

CON.....



..... lo que más apetezca en el momento. La rebanada de pan lo soporta todo y por extensión, una rebanada de pan ligeramente tostada, puede convertirse en una auténtico festival. Más si cabe, cuando comer una buena tostada se convierte en algo imprevisto y extraordinario.

Variedades de tostadas hay tantas como la imaginación es capaz de idear y combinar. Desde las más sencillas como la que ilustra esta entrada, una tortilla francesa con unas lonchas de jamón pasadas ligeramente por la sartén, hasta las más sofisticadas y creativas. Yo soy más partidario de las elaboraciones simples y sencillas de comer, aquellas para las que no hay que estudiar mucho, no tienes que pelearte con ella y distingues los alimentos que la integran.

Una buena tostada siempre y en cualquier momento es bien recibida. En mi caso, "nace" de forma improvisada y habitualmente motivado por alguna de esas buenas hogazas de pan que en ocasiones entran en casa. Lo que sustente la rebanada va en función de las existencias que haya en la cocina en ese momento. Pero lo dicho, sin complicaciones.

Hubo un tiempo en el que se pusieron de moda y  un buen número de establecimientos de hostelería apostaron por esta propuesta. Para el consumidor, las tostadas resultaban económicas e incluso recuerdo que en algunos lugares eran tan enormes que "invitaban" a pedir una selección de ellas para luego compartir entre los comensales. Ahora, me da la impresión, es solo una impresión, que las tostadas han caído en desuso y que las nuevas generaciones de consumidores optan más por las pizzas, la comida rápida y otras orientales sugerencias. Con todo, y afortunadamente, todavía hay establecimientos que hacen de "sus tostadas" la especialidad de la casa. Alguno conozco y siempre es un deleite la visita. Además, siempre se aprende algo nuevo que a no mucho tardar se incorpora a esas tostadas domésticas nacidas en un improvisado momento y que es lo más parecido a un antojo.














jueves, 2 de agosto de 2018

00764 El Pan de Moños

DE TRES MOÑOS

Me encanta el pan, me pirro por el pan, estaría todo el día comiendo pan, me enloquece el pan.... aunque ahora apenas lo coma. No entendía la vida sin el pan, hasta el punto que si en una comida, por la razón que fuere,  no estaba presente este alimento, era como si no hubiese comido. ¡Qué cosas!

Hace unos años me puse a régimen y entre los alimentos "prohibidos" se encontraba el pan. El resto de alimentos no permitidos me daba lo mismo, pero el pan... Los primeros días tengo que reconocer que lo pasé fatal, sobre todo cuando relacionaba algunos alimentos con él. Llegué casi a dar al traste con el régimen. Pero uno se acostumbra a todo, hasta de pasar de comer pan. Tanto es así, que transcurridos ya algunos años desde aquel entonces, prácticamente ha desaparecido de mi dieta diaria. Eso sí, los fines de semana que no falte por si me apetece darme algún capricho. Y además, que sea bueno, bueno, de masa madre si es posible o algún pan caprichoso. También, si como fuera de casa y el pan que sirven es apetitoso, a por él que voy sin más miramientos.

Es lo que me sucedió recientemente en una comida en la Venta del Sotón. Me puse de pan como el kiko. De ajo, de pueblo, crujiente y de moños. Al ver el pan de moños no pude dejar de recordar la panadería que había, no sé si existe todavía, cerca de casa de mis padres, en la calle San Lorenzo. Elaboraban un pan delicioso, de pecado mortal. Para mi madre y para mí, la barra o las dos barras caían diariamente. Como digo, mi relación con el pan era tremenda.  Y si venían mis hermanos algún fin de semana, dos panes de moños crujientes por fuera y de suave y esponjosa miga por dentro. De uno o de dos kilos. No he vuelto a probar otra cosa igual.

Por cierto,  el pan de moños es típico y originario de la Hoya de Huesca. No recuerdo haber visto en panaderías de otras zonas geográficas este tipo de pan y eso que he visitado obradores. Se caracteriza por su corteza un poco más dura y su masa algo más compacta que la del pan común. De larga fermentación y buena aportación de masa madre. Su peculiar forma le permite aguantar más su humedad interior y le protege para que no se seque. Aunque es preferible comerlo en el día, o de un día para otro, el tipo de elaboración permite una conservación más larga de lo habitual en un pan.