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viernes, 25 de abril de 2025

01659 "Empeño por Conducir"

 COSAS DE HUMPHRY


De Humphry tengo un buen número de fotografías con momentos entrañables. De todas ellas, esta que traigo hasta este caleidoscopio vital, es mi favorita. No es la mejor fotografía, pero es la que cada vez que la observo, además de sacarme una sonrisa, me recuerda que a Humphry solo le falta hablar. Ya lo intenta. En ocasiones, cuando intuyo que está contrariado o molesto por algo, emite unos sonidos, una especie de balbuceo, que me gustaría saber interpretar. Con frecuencia, se queda mirándome fijamente a los ojos, sin pestañear. Lo que daría por saber qué pasa en ese instante por su cabeza. En casa es un bendito. No así en la calle, que saca el "macarra" que lleva dentro. Sus treinta kilos de peso, de momento, me han originado una lesión en el hombro derecho y el izquierdo comienza ya a dolerme. Mi relación con él es buena, aunque reconozco que hay días que me resulta insoportable. Aunque pienso que no es una cuestión suya, sino de mi capacidad de aguante. No sé. No entiendo de canes. Solo sé que es un buen perro y que me ha regalado momentos fantásticos como el de la imagen y su "empeño por conducir".

P.D. Para los que buscan tres pies al gato, en este caso al perro, el coche estaba perfectamente estacionado, con el motor apagado, sin las llaves de arranque puestas, con el freno de mano puesto y Humphry, sobre las rodillas de una sobrina con carnet de conducir.

sábado, 25 de mayo de 2024

01354 Las Gaviotas

 RUIDOSAS, ESCANDALOSAS E INTELIGENTES


Su sola imagen me lleva al mar, a las playas y a las costas. No a todo el mundo les gustan. Lo entiendo. A mí, por ejemplo, me costó aceptarlas en mis días vacacionales. No diré que me dieran miedo, pero sí respeto. Me resultaba molesto su continuo graznar. Creo que comenzaron a gustarme, cuando las niñas eran pequeñas y su presencia les hacía sonreír. Hasta la pequeña Jara llegó a imitar su graznido casi a la perfección. Llegó a convertir su imitación en un entretenimiento familiar. Sí, creo que fue por esa época cuando empecé a hacerme también amigo de ellas.

Ya no me molestan ni me incordia su presencia. Todo lo contrario. Me alegra y complace verlas. La cosa es sencilla. Tenerlas al alcance de la vista, significa que algo distinto ocupa mis días. Ahora las contemplo y admiro su ágil planeo. Su corretear por la playa, las pequeñas huellas que dejan marcadas en la húmeda arena.

Las miro y me siento observado por ellas. Son fuertes, con un contraste de colores que parece estar bien estudiado: el pecho blanco e intenso, gris azulado el dorso, tonos negros en las puntas de las alas, pico fuerte y amarillo con una mota roja en la parte inferior.

Ruidosas, escandalosas, inteligentes y con una gran capacidad de adaptación. Me tumbo al sol. Cierro los ojos. Oigo a las olas llegar y a las gaviotas graznar. Y me siento tranquilo y feliz.

Muchos poetas se han inspirado en estas sociales aves marinas para ejercitar su sentir. Acompaño un soneto, que lleva por título “Gaviota”, de mi admirado José Hierro.

Ese vuelo que traza la gaviota

por el divino gris, ¡como cautiva,

como prende el mirar, grúas arriba,
meciéndole en las nieblas en que flota!

Ya está la soledad surcada y rota.
Paloma marinera, lenta y viva,
que en el pico, en lugar de verde oliva,
lleva octubres de música remota.

Fragmento de la vela de una nave.
Cuerpo de tela y alma libre de ave
nacida, como un eco de campana,

de entre las instantáneas catedrales
que olvidan —humos vagos e ideales—
los barcos que se van para La Habana.

 




miércoles, 20 de noviembre de 2019

00881 Germaine y Marisme

GRATITUD


Conocí a Marisme y Germaine este pasado verano en Alerre. Él, un caballo entrado ya en años; ella, una adulta yegua zaína. Dos equinos inseparables que acompañaron a mis días estivales de limpieza de huerto y laboreo.

Antes de organizar el huerto, allá por San Isidro, tenía que dejar la tierra expedita de hierbas, malezas y otras plantas no deseadas. Solo disponía de una azada, una carretilla, un rastrillo y mucha ilusión. Más que suficiente. Así que me dispuse a liberar y oxigenar mi pequeña tierra prometida.

Zas, zas, ras, ras, uff, a la carretilla y vaciar su contenido en un contenedor habilitado a unos cien metros de distancia del incipiente huerto. Así una y otra vez, decenas de veces, decenas de viajes. Tantas decenas de veces como los viajes que hicieron mis manos hacia mis lumbares para tranquilizarlas.

Los primeros días avancé mucho en mi cometido. Supongo que tendrían mucho que ver la ilusión por empezar a plantar y el observar cómo poco a poco le iba ganando la batalla a las hierbas. Pero también tengo que reconocer que el desánimo también vino a visitarme cuando transcurridas unas semanas, la desproporción entre el terreno saneado y lo que faltaba por limpiar era todavía abismal. No diré que estuviera a punto de abandonar el reto, una íntima promesa no me lo permitía, pero sí que cada día que pasaba se me hacía más cuesta arriba.

Una tarde, en la que recuerdo estaba invirtiendo más tiempo en tomar el sol que en las labores de limpieza, vino a visitarme al huerto un joven. Se presentó como propietario de unos caballos que vivían cercados en un terreno próximos al contenedor donde depositaba diariamente las hierbas. Me invitó a que en lugar de echarlas al container se las diera a comer a sus caballos y que de esta manera me evitaría un esfuerzo, además de contribuir a la alimentación de los equinos. Ya me pareció bien la invitación. Desde mi profunda ignorancia le comenté que si los caballos se lo comían todo, pues del terreno que estaba limpiando aparecía todo tipo de hierbas, algunas de ellas con una pinta feísima e incluso con hojas  punzantes. Con una leve sonrisa me tranquilizó y me dijo que no me preocupara, ya que los caballos son unos animales "muy listos y saben lo que comen".

Y así lo hice. Cargué una carretilla y en lugar de vaciarla en el contenedor, deposité hierbas y pajas en el terreno que me había indicado el joven. Así una y otra vez, si bien Marisme y Germaine, tal me dijo que les llamaba, pasaban olímpicamente de mí. Al parecer, se encontraban mejor en la lontananza del cercado alimentándose de la tierra a su antojo y a demanda. No recuerdo cuántas carretillas les llevé hasta que en uno de mis viajes observé cómo daban buena cuenta de cuanto les había dejado. Allí me quedé embobado viéndoles comer, comer y comer. Me pareció un delicado espectáculo cómo con sus morros superiores seleccionaban previamente el bocado que luego se llevarían a la boca. Cómo agarraban entre sus dientes los ramilletes de paja y sacudían la cabeza para desprenderles de la posible tierra que pudieran contener.

Desde ese día, en cuanto Germaine y Marisme observaban mi presencia, estuvieran donde estuviesen, se acercaban hasta mí con pausado caminar para en un visto y no visto vaciar la carretilla. En otras ocasiones, si se encontraban algo distantes y no me veían, daba unas palmadas para llamar su atención y en unos segundos se plantaban ante mí.

Empecé a cogerles cariño, a acariciar sus cabezas, e incluso llegué a darles de comer de mi mano las alargadas hojas de los cardos. Por lo que pude comprobar, les encantan. Tal llegó a ser mi apego que hasta les hablaba de mis cosas como si les importara algo. Lo cierto es que desde que se incorporaron Marisme y Germaine a mis días, todo lo llevé mejor. Algo más descansado, más distraído y más animado.

Con el paso de las jornadas el huerto comenzó a tomar forma y llegado el mes de septiembre di por concluidas las labores de limpieza del terreno. No he vuelto a ver a Marisme y Germaine. Desconozco qué ha sido de mis "equinos amigos". Les echo en falta y recuerdo con cariño. De vez en cuando me asomo a los campos del entorno para ver si les encuentro y reconozco. Pero no he dado con ellos. Me gustaría volver a escuchar sus relinchos, a acariciar sus mimosas cabezas y a quedarme embobado con ellos. Pero sobre todas las cosas, me gustaría volver a verles para agradecerles todo el bien que hicieron en mi laboreo y en mi sentir.

Gracias, Marisme. Gracias, Germaine. Hasta no mucho tardar.