jueves, 1 de junio de 2017

00486 El Árbol Sin Nombre

ÁRBOL, ME RESPONDIÓ


Lo encontré en un  lugar de bella estampa donde el mar bañaba plácido su desnudez entre brisas, espumas y luces. El pequeño pueblo se acababa de despertar en un idioma que no era el mío pero que a mis entendederas resultaba fácilmente traducible. La mañana era limpia y perfumada, de las que nacen al día para ser disfrutada. Rincones, miradores y callejas. Uniformados camareros, gentlemans de la hostelería, disponían en las terrazas mesas milimétricamente estudiadas con la esperanza de que fueran ellas las elegidas entre una más que considerable oferta. Todo era tan nuevo, tan distinto y placentero, tan amable y cordial, que parecía un sueño.

Tras una buena caminata de miras y asombros, mis pies comenzaron a demandar auxilio. Les pedí un poco de paciencia y calma hasta que encontrara un lugar en el que mis ojos no protestaran. A veces resulta complicado poner a todos los sentidos de acuerdo. En una plaza, en un rincón de la plaza, una pequeña cafetería de película para la sobremesa,  sedujo mi atención. Parecía que estaba todo recién lavado: suelo, edificios, farolas, puertas y ventanas... hasta la gente parecía recién lavada. El entorno era gratificante. Un café americano, por favor. Y en la espera, y a mi izquierda, un hermoso y colorista árbol llamó mi atención. Me aproximé hacia él, disparé media docena de fotografías y volví a ocupar mi asiento en la terraza del café. Lo volví a mirar en la distancia. Su soledad hizo que el árbol me pareciera más hermoso todavía. Su color me hizo regresar hasta él como un imán. Realicé nuevos disparos sin saber bien que es lo que quería. Regresé de nuevo a mi café y le pregunté al camarero, ya metido en años, sobre el nombre del árbol. Me miró con cara de asombro y me dijo algo así como que no tenía nombre, que él siempre lo había visto allí y que no tenía nombre. Ya, le contesté. Pero, tendrá algún nombre. Sí, árbol, me respondió. Y así quedó la cosa.

Cuando de nuevo emprendí el camino, pasé por delante del árbol y aún le hice media docena de fotografías más, por si se me hubiese perdido algún detalle. Y recapacité sobre la conversación mantenida con el italiano camarero. Intuí que cuando le pregunté por el nombre del árbol, debió pensar que igual estaba interesado por saber su nombre de pila. Suponía que no se llamaría ni Benedetto, ni Florencio, ni Flavio ni Alonzo. Lo que que quería saber era de qué tipo de árbol se trataba. Así que lo bauticé, tal y como me dijo el amable camarero, "el árbol sin nombre". Al fin y al cabo, lo que me atrajo fue su inesperada presencia y su alma, aún sin saber de quien se trataba.


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