viernes, 4 de septiembre de 2015

00104 Los Puertos Deportivos

VISTOSIDAD

No creo que haya navegado en más de una docena de ocasiones. Tampoco creo recordar a alguien cercano que disponga de embarcación de recreo. Mi gusto por los puertos deportivos es casual. Derivan de una cuestión meramente plástica. Me atraen las formas que en ellos se dibujan, su orden, la confusión de fugas, la rectitud de los mástiles.
No entiendo nada de barcos ni de fuera bordas. Apenas sé distinguir un catamarán de una barca de pescador. Tampoco importa mucho. Tampoco entiendo de la vida y me gusta vivirla.  Hasta me atrevo a escribir sobre ella.

Los puertos deportivos, en la mayoría de las ocasiones, me salen al paso. En contadas ocasiones los busco. Y cuando esto sucede, me recreo en su sosegado recreo. Son los barcos entonces como mecedoras acuáticas al capricho de las leves ondulaciones que se forman sobre el agua. Nada les perturba. Nada inquieta. Ni los curiosos e improvisados mirones. Ni siquiera el tilín tilín de algún metal golpeando los erguidos mástiles tomando aliento para mañana aliarse de nuevo con el  viento.

Al atardecer, la mejor hora. No hay entradas ni salidas. No hay nada que despiste al cometido perseguido. Admirar, ver sin mirar, disfrutar de una bella y plácida imagen mientras el sol posa su ya suave luz sobre proas y popas, mientras el agua regala sus últimos reflejos al día.

El conjunto eclipsa la individualidad. Lo individual pasa desapercibido. Como el tiempo, eclipsado y desapercibido por un grato encuentro.





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